Hace unos días estuve en Pamplona. Fui a dar una charla sobre blogs para periodistas de una empresa de medios de comunicación. Y tuve tiempo de pasear un rato por la ciudad. Soy poco original: cuando el año pasado leí Fiesta, de Hemingway, me entraron unas ganas locas de ir a los sanfermines. Por eso me propuse ir este año; si todo sale bien, estaré algunos días de julio allí. Y de pronto surgió esta posibilidad, conocer Pamplona sin sanfermines, así que -aunque no tuve demasiado tiempo- la aproveché. "Te parecerá que no es el mismo lugar", me dijeron varias personas al anticiparme cuál será mi impresión al ver la ciudad de fiesta y compararla con lo que vi en esta semana.
En la foto de aquí al lado estoy junto a la estatua de Hemingway, que está a unos pocos metros de la plaza de toros.
Pamplona es una ciudad pequeña y muy caminable. Es la capital de la provincia de Navarra. Todos los carteles públicos (nombres de las calles, mensajes en los autobuses, etc.) están escritos tanto en castellano como en euskera. Navarra no forma parte del País Vasco según la división política vigente en España, pero muchos vascos reivindican el reino como parte de su territorio (y muchos navarros también lo hacen, por cierto). En euskera, Pamplona se dice Iruña.
Algo buenísimo que descubrí es la campaña "Yo no bajo", impulsada por el Diario de Navarra. Y es que el Osasuna, el equipo de la ciudad, está haciendo una campaña pobre, y debe esforzarse por sumar puntos en estas últimas fechas de la Liga para no descender (actualmente no está en puestos de descenso, restan cinco partidos). Así que hay carteles, canciones, grupos en facebook y otras historias de apoyo al equipo. ¡Aupa Osasuna! ("aupa" es algo así como "vamos" en euskera) es el grito de guerra de la hinchada.
Y otras cosas, claro. Por ahora cuento eso. Y dejo el enlace con las fotos que puse en Facebook. Ya veremos qué tal Pamplona con sanfermines...
«Un amor inolvidable Y breve, ¿Como un huracán?, No, un amor breve como el suspiro de una cabeza guillotinada, La cabeza de un rey o un conde bretón, Breve como la belleza, La belleza absoluta, La que contiene toda la grandeza y la miseria del mundo Y que sólo es visible para quienes aman.»
Roberto Bolaño, fragmento del poema "La francesa", incluido en su libro Los perros románticos.
Hoy, 24 de abril, se cumplen cuatro años del nacimiento y el primer post de El Caballero de la Triste Figura. Y desde aquel iniciático "Calamaro brilló en el Luna" hasta ahora ha corrido mucha agua bajo el puente.
824 posts, casi 60 mil visitas, poco menos de 80 mil páginas vistas. No es mucho, por supuesto, pero es más que cero. Incluso, este mes de abril marcará seguramente un nuevo récord mensual de visitas, en buena medida gracias al enlace de mi amigo El Fantasma de Belgrano (la semana pasada fue la más visitada en la historia del Caballero...). Y muchas pequeñas satisfacciones derivadas de este espacio, un poco diario personal, un poco cuaderno de apuntes, un poco colección de curiosidades, un poco carta de presentación, un poco vaya a saber qué cosas más.
Titulo esta entrada "Cuatro años de blogs", en plural, porque son también los cuatro años de mi historia relacionada con estos espacios en internet. En este lapso, muchísimos nos familiarizamos con el término, con el concepto, formamos una comunidad, creamos y matamos blogs, los incorporamos a los sitios web informativos más poderosos y muchos de estos sitios copiaron su forma de presentar las noticias, yo trabajé en una red de blogs... Y precisamente hoy, como regalo secreto por el cumpleaños del blog (secreto porque quien lo realiza no tiene idea del aniversario), me confirman que la próxima semana estaré en Pamplona impartiendo una sesión/clase sobre blogs para los empleados de una empresa de medios. Algo que hubiera sido imposible de no haber empezado a andar este camino un día como hoy, cuatro años atrás.
Por todo eso, quiero celebrar estos cuatro años con ustedes, amigos lectores.
Hoy es el Día del Libro. Acá en España les dan mucha bola a esas cosas; mucho más que en la Argentina. Está lleno de actividades aquí y allá relacionadas con el Día del Libro. A mí me parece que la mejor actividad que existe relacionada con los libros es leer. Leerlos.
Pero bueno, más allá de eso, me parece una buena excusa para hacer algo parecido a lo del otro día con las películas y series: una lista desordenada e incompleta de los libros que más me gustaron. Ya que si sólo hay que poner 10 la nómina nos queda un poco corta, pongamos 23, que ya que el día del libro es el 23 de abril, que nos sirva para algo el numerito (aunque verán que en algunos casos hago trampa).
Acá va (como no están en orden, los pongo un al lado del otro, que dan menos idea de jerarquía -y seguro me estoy olvidando de varios...):
(1) Rayuela, de Cortázar (y tantos de sus cuentos). (2) Los detectives salvajes, de Bolaño. (3) El Quijote, de Cervantes. (4) Nueve cuentos, de Salinger. (5) Historia argentina, de Fresán. (6) Cien años de soledad, de García Márquez (y El amor en los tiempos del cólera, y El coronel no tiene quien le escriba). (7) Ficciones y El Aleph, de Borges. (8) El sueño de los héroes, de Bioy Casares. (9) París era una fiesta, de Hemingway (y Fiesta). (10) El largo adiós, de Chandler. (11) Cuarteles de invierno, del Gordo Soriano. (12) Crónicas del Ángel Gris, del Negro Dolina. (13) La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. (14) Los sorias, de Alberto Laiseca. (15) Flores robadas en los jardines de Quilmes, de Jorge Asís. (16) Respiración artificial, de Ricardo Piglia (y El último lector). (17) Una antología de cuentos de Jack London titulada, simplemente, Cuentos. (18) Otra antología, una de las tantas de cuentos de Edgar Allan Poe titulada Narraciones extraordinarias. (19) Los siete locos, de Arlt (y Los lanzallamas, y El juguete rabioso). (20) Puras mentiras, de Juan Forn. (21) Los adioses, de Onetti. (22) El arpa de hierba y Tres cuentos, de Truman Capote. (23) El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald.
Se aceptan incorporaciones, críticas, pedidos de retractaciones y donaciones monetarias.
No me gustan los microrrelatos, qué le voy a hacer. No les encuentro nada de toda esa fascinación de la que últimamente tanto se habla. O sea, me gustan algunos microrrelatos, como me gustan algunos haikus, como me gustan algunos relatos (no micro) con final sorpresivo, como me gustan algunas comedias románticas de Hollywood. Pero así como si uno toma una "antología de relatos con final sorpresivo", después de leer el tercero ya no quiere leer nada más porque no hay nada más previsible que un final que se sabe sorpresivo; así me pasa si tomo una colección de microrrelatos: después del tercero ya quiero pasar a los relatos de verdad.
En fin, todo esto porque anteayer estuve en la charla inaugural de la Semana de Autor que la Casa de América de Madrid le está dedicando en estos días a Antonio Skármeta. La charla -que contó con la presencia de Rodrigo Fresán, Renata Villoro (que leyó un texto de su hermano Juan) y Randolph Pope, un crítico chileno de nombre anglófono- estuvo dedicada a los cuentos en la obra de Skármeta. Obra que comienza, precisamente, con sus únicos tres libros de cuentos (después publicó cuentos en diversos libros, antologías propias y ajenas, pero nunca más un libro de cuentos propio), el último de los cuales finaliza con un microrrelato que le da nombre al libro: "Desnudo en el tejado".
Dice así: «¿Y qué pretendes? ¿Que viva desnudo en el tejado?».
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Cualquier lector de este blog sabe que soy un gran admirador de Rodrigo Fresán. Su texto hablaba de su historia como lector de Skármeta, al que descubrió en la adolescencia, y mencionaba un microrrelato que escribió cuando era muy chico. Se titulaba "Amnesia" y decía así: «En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no puedo acordarme». Me parece divertido. Y es que -me parece- los microrrelatos deben ser divertidos o no ser nada (muchos parecen elegir esta última opción).
Cuando me senté a escribir este post pensaba en simplemente citar estos dos microrrelatos ("Desnudo en el tejado" y "Amnesia") y decir que me gustaron. Pero antes de empezar se me dio por googlear, entre comillas, el texto de "Amnesia"; para mi sorpresa, muchos de los 168 resultados que me arroja el Sr. Google no lo dicen como un chiste, sino que se trata de un mero error, una confusión (tal vez psicoanalíticamente analizable) entre los verbos querer y poder del famosísimo comienzo del Quijote.
Y encontré, también, una contratapa de Página/12 de hace muy poquitos días en la que Fresán también echa mano de su microrrelato de infancia, para hablar no de Skármeta sino de Ana María Shua. Y eso porque en estos días se publica aquí en España su volumen de microrrelatos Cazadores de letras. Fresán elogia a Shua, pero yo no puedo evitar ver en todo el artículo una cierta sorna; bueno, quizá soy yo el que pone la sorna. Y es que recuerdo cuando Cazadores de letras se editó hace varios años en la Argentina, y mereció un sueltito en la Revista Ñ, que transcribía el microrrelato que le daba nombre al volumen, "Cazadores de letras".
Dice así: «¡Huyamos! Los cazadores de letras están aq...»
Recuerdo que el suelto de Ñ terminaba agregando lo siguiente: "Así cualq...". Y yo sentí lo mismo.
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No me gustan los microrrelatos, pero ya que Fresán juega con variantes del dinosaurio de Monterroso, me voy a permitir yo hacer lo mismo para cerrar este post. Microrrelato basado en un hecho real. Lo podríamos titular "Skármeta":
«Cuando llegué, Skármeta todavía estaba allí.»
Cuando llegué a la Casa de América, quiero decir, y Skármeta estaba allí, en la entrada, al lado mío, los dos casi solos, él sin saber muy bien por dónde debía acceder, y ya habían pasado algunos minutos de la hora pactada para comenzar la charla. Sí, ya sé que si tengo que explicarlo no tiene sentido. Es que no se me dan bien los microrrelatos. Está bien, tienen razón, me dedicaré a otra cosa...
Hace un par de años, cuando se estrenaba Rocky Balboa -también conocida como Rocky VI- unos compañeros de trabajo -más o menos de mi misma edad- la fueron a ver al cine. "Sabemos que va a ser mala, pero ¿cómo no ir a verla? ¡Es Rocky!". Yo pensaba un poco como ellos: es Rocky... pero no me motivaba lo suficiente como para ir al cine. Quizá era miedo a desilusionarme demasiado. Tal vez simple desidia. No lo sé.
Hace unos meses vi John Rambo, también conocida como Rambo IV. Y me pareció realmente muy mala. Pero muy. No sólo innecesaria, sino también mal hecha, cortita, sin sentido. Hecha como cuando te obligan a hacer algo y lo hacés sin ganas, así nomás, sin que te importe el resultado. Aunque hay un detalle: el final de la peli, que se parece al comienzo de la primera y, se ve, tiene el objetivo de cerrar la historia.
Lo comenté con mi hermano, y él me dijo: "Rocky VI a las Rocky es más mala que Rambo IV a las Rambo". Mierda, entonces tenía que ser mala en serio.
Pero es Rocky, como habían dicho mis compañeros, y había que verla. Y la vi hace unos días.
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Me sentí como si de nuevo tuviera doce años. Vi las primeras cuatro películas cuando era chico, en los 80, y veía y sufría cada una como si fuera la realidad, como sólo se viven las cosas en esa época, como si a Stallone le doliera cada golpe que Rocky recibía. Es más: como si Stallone no existiera y la única realidad fuera Rocky. Y ese tipo medio bruto, pobre y humilde que consigue todo a base de esfuerzo y aguante se convirtió en un verdadero ídolo para mí, y junto conmigo para tantos de mi generación. Rocky es una de las más grandes historias de nuestros tiempos.
Por supuesto: en aquellos años no tenía la menor idea sobre cuestiones políticas, la burda propaganda yanqui de Rocky IV ganándole al ruso en Moscú el día de navidad, etc., etc. Era Rocky, el ídolo, y nada más.
El ídolo que luego se dedicaba a entrenar a otro en la quinta parte, un Rocky que ya no pelea, una peli que tiene emoción pero que no es nada comparable a las otras. Y esa la vi ya de adolescente, tendría 14 ó 15 años, fue distinto, fue otra cosa.
Y Rocky VI también fue otra cosa.
[Antes de seguir leyendo, recomiendo darle al play:]
Porque el poco boxeo que consumí por TV fue en esa época, cuando fui un poco mayor, en los 90, y ese boxeo ya no tenía nada que ver con las peleas de Rocky. No sólo porque dejó de haber carnicerías sobre los rings, sino porque además comenzaron a escasear los ídolos, los grandes luchadores, y ya no hubo chicas que pasaran medio desnudas con el cartel del número de round, y el negocio fue absorbiendo los pocos resquicios que le quedaban por llenar. Y como igual somos así de tercos y buscamos lo que ya no hay donde sabemos que ya no hay, seguimos viendo boxeo, y el show que arman los yanquis, y el presentador que estira las vocales al decir los nombres de los púgiles, y las transmisiones de HBO...
Y de pronto el boxeador retirado que quiere su capítulo final. Como si entendiera que Rocky debe irse peleando, como un grande, no entrenando a otro, no pegándole a un tránsfuga en la calle. Porque nada se acaba hasta que se acaba. Y Stallone, como hizo con Rambo, quiere dar señales de cierre de historia. Rocky adopta un perro, recuerda a los muertos de la saga, entrena pegándoles a reses en el frigorífico, sube corriendo las míticas escalinatas de Filadelfia...
Y entonces todo se suma y se consuma: el show del box moderno con Rocky, con una pelea de Rocky, la imagen de cualquier pelea de hoy en día con el sonido de la campana que da comienzo a "Going the Distance", una de las canciones más emblemáticas de la extraordinaria banda sonora de la saga. Y el relator que dice "yo era fan de Rocky Balboa cuando era niño, no puedo creer que esté a punto de comentar una pelea suya", y todos sentimos lo mismo.
La pelea no es creíble, claro, pero nada es creíble, y a la vez todo lo es. Porque es Rocky, y aguanta como todos queremos aguantar todos los golpes de la vida, y luego contragolpear, aunque nadie crea en nosotros, empezar a tirar manos, una atrás de la otra, y demostrar lo que valemos, que los fanfarrones y los cancheros retrocedan y dejen la sonrisa socarrona para decir "mierda, éste también pega", y que el público se enardezca, y que uno de los relatores, sorprendido, confuso, excitado, exclame: "Welcome to Rockyland!". Bienvenidos a Rockylandia.
Para dejarse llevar a Rockylandia es fundamental hacer ya no sólo una suspensión de la incredulidad, como pedía Coleridge, sino también de la intelectualidad. Para películas sesudas y que te dejan pensando, agarrá otros títulos. Pero si fuiste niño en los 80 y creciste viendo cómo se pegaba con Apollo, con Mr. T, con Ivan Drago, y cómo resurgía de las cenizas, y cómo los humildes les pueden ganar a los prepotentes y engreídos, si soñaste con formar parte de ese público enfervorizado que grita "¡Rocky, Rocky!", si viviste todo eso y hoy querés sentirte más o menos igual, con las lágrimas en los ojos, mirá Rocky VI. En Rockylandia siempre se puede volver a ser un niño y a tener ídolos invencibles.
Ayer estuve junto a mucha gente amiga en la manifestación anti-transgénicos que se realizó en Zaragoza. Fue allí porque la Comunidad de Aragón (cuya Junta está en esta capital) es la que más plantaciones de transgénicos posee en toda España, y España es el único país europeo que permite los cultivos transgénicos a gran escala. Fuimos unas 5.000 personas; nos reunimos frente a la Facultad de Medicina y Ciencias:
Hubo gente de lo más variada. Se destacaba la presencia de muchos campesinos, que son los más grave y directamente afectados por las actividades y los negocios de las grandes multinacionales. Hubo gente (como ésta, de Greenpeace) con carteles en castellano...
... y también hubo vascos...
... catalanes...
... gallegos...
... y creo que este cartel está en francés (pero no estoy seguro; había franceses pero no sé si son ellos, si alguien lo sabe y me lo puede confirmar, se lo agradeceré)...
Estos dos campesinos leyeron el manifiesto anti-transgénicos, al final de la movilización:
Y aquí, una imagen del inicio de la desconcentración. De fondo, la basílica del Pilar, uno de los atractivos más importantes de Zaragoza.