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viernes, 18 de diciembre de 2009

Vinagre y rosas

La angélica, angelical voz sonó en el teléfono:

-¿Quieres ir a ver a Sabina?

Eran las 20.47 del martes (lo recuerdo porque en ese momento miré la hora en la esquina inferior derecha del monitor que tenía delante de mí), es decir, faltaban 43 minutos para la hora en que estaba anunciado el inicio del único concierto en Madrid de la gira "Vinagre y rosas". Y yo, que me había enterado de que las entradas estaban a la venta cuando ya se habían agotado, que leía con una suerte de resignación las noticias sobre los preparativos para la presentación, así, de la nada, recibía esa oferta. Entrada gratis para asistir al recital en el Palacio de los Deportes de Madrid.

Por supuesto, fui corriendo a buscar la entrada y luego al concierto. Llegué pasadas las 22, y pude ver y escuchar dos horas y cuarto de música.

Fue buenísimo: tuvo todo lo que tienen los shows de Sabina, esa especie de liturgia que se da entre él, sus músicos y los fans. Por supuesto que en Madrid se lo vive distinto que en Buenos Aires(yo lo vi en el Gran Rex, en la Bombonera y esta fui mi segunda vez aquí en Goya); hay menos "acción", digamos, quizás porque el promedio de edad es un poco más alto (y también, está claro, porque los españoles son menos apasionados, o expresan menos sus pasiones, que los argentinos). Hubo canciones nuevas mezcladas entre los infaltables clásicos. Una versión de "Llueve sobre mojado" con Jaime Asúa, uno de sus guitarristas, versiones solistas de Panchito Varona y Antonio García de Diego, y una personal interpretación de "Y sin embargo te quiero" por parte de Marita Barros, la nueva voz femenina del equipo, que está bien pero sigue haciendo extrañar a Olga Román.

Y ahí siguen don Joaquín y su banda. Anoche estuvieron en Barcelona. Y volverá al escenario de Madrid el 22 de junio, en la plaza de toros de Las Ventas, y verlo allí será, seguramente, genial. Dentro de unas semanas rodarán por la patria. A disfrutarlo, quienes puedan.



lunes, 7 de diciembre de 2009

Según pasan los años

UNO. Desde chiquito consumí fútbol. Mi padre, muy hincha de River, me transmitió la pasión por los colores. Sin embargo, no fue sino hasta mis 12 años cuando empecé a seguir el fútbol en serio, a hacer esa cosa tan importante para los hinchas que es saber de fútbol.

Ese comienzo tiene una fecha precisa: el final del año 1989, cuando Alfredo Dávicce se convirtió en el presidente de River y contrató a un recién retirado Daniel Passarella para ser director técnico, puesto en el que no tenía ninguna experiencia. El Gran Capitán tomó un equipo que estaba segundo, a un punto de Independiente (el DT hasta entonces había sido Mostaza Merlo), y lo guió hacia la obtención del campeonato, a mediados de 1990, el último que se jugó como Dios manda, a dos ruedas ida y vuelta.
DOS. Passarella metió mano a la formación que Merlo le había dejado. Recuerdo que tenía en mi pieza un póster de aquel River de la primera rueda, todavía años 80: en aquella formación estaban el gato Miguel, Fabio Talarico, Carucha Corti, Hugo De León, el Tapón Gordillo, el Checho Batista y otros que mi memoria no ha conservado.
Unos meses después, aquel Checho Batista fue a jugar el mundial de Italia. No empezó como titular, pero jugó luego varios partidos. Recuerdo a Sofovich y Nimo criticándolo luego de uno de esos partidos: decían que parecía jugar con una valija en cada mano, por lo lento que era. Por lo menos así lo veían ellos. Sin embargo, aquel Checho -lo recuerdo- dejó la vida en la cancha...

A lo que iba: Passarella metió mano en aquel equipo heredado, y uno de sus cambios fue sacar a Batista y poner de 5 a un pibito que aún no cumplía 20 años pero que ya se perfilaba como heredero de Pipo Rossi, de Mostaza, del Tolo Gallego. Ese pibito, morocho, de ojos un poco saltones, gracias a su juego, a su sacrificio y a la verba de Víctor Hugo Morales, primero fue Pacman y luego el Jefe.

TRES. En fin, que el triunfo de Passarella en las elecciones de River me trae todos estos recuerdos. Exactamente dos décadas después, Astrada ya hizo toda su carrera como futbolista, se consagró como el más veces campeón en la historia del club, se retiró, fue campeón como entrenador, se fue a hacer experiencia a otros equipos y ahora está de regreso. Passarella fue varias veces técnico campeón, dirigió a la selección y a otros equipos, de nuevo en River y ahora el mejor 6 gana las elecciones por 6 votos en la madrugada del 6.
Y yo, con 20 años más, también tengo, por supuesto, unas cuantas batallas más encima. Más experiencia, más conocimientos, más resignación, más cinismo. Lo bueno y lo malo, en resumen. Y sin embargo -y esto me encanta, y lo valoro como a un tesoro- sigo sintiendo que el mismo gusanito me recorre el cuerpo cuando una pelota empieza a rodar y uno de los equipos que juegan es ese de camiseta blanca con una banda roja cruzándole el pecho que mi padre me enseñó a amar.

sábado, 14 de noviembre de 2009

La única verdad es la Realidad

Hace unos días publiqué en el blog la entrevista que le realicé al narrador argentino Patricio Pron, que iba a aparecer en el finalmente inédito número 21 de la Revista Teína. Ahora haré lo mismo con las tres reseñas de novelas que estaban listas para ver la luz allí. Comienzo con la de Realidad, de Sergio Bizzio.

Estamos en el aire

Un comando terrorista toma un canal de TV de Buenos Aires, dentro del cual se desarrolla una nueva edición de Gran Hermano. A partir de allí, ficción y realidad se mezclan en las pantallas y en las vidas de los millones que siguen el programa. Una novela sobre la manipulación que combina la tragedia y el humor a lo largo de una noche de confesionarios, disparos y reality show.

Por Cristian Vazquez

La única verdad es la realidad. Parece que quien lo dijo antes fue Aristóteles, aunque no haya argentino a quien la frase no le recuerde a Juan Domingo Perón. Y parece que quien primero invirtió los términos fue Hegel, aunque a muchos recuerde a Andrés Rivera en La revolución es un sueño eterno: la única realidad es la verdad. Y entonces nos quedamos preguntándonos: ¿cuál es la verdad? ¿Hay una sola verdad? ¿Quién la tiene?

Sergio Bizzio juega con el concepto en su última novela: Realidad. Publicada el año pasado en la Argentina y ahora en España, cuenta la historia que se dispara a partir del asalto y toma de rehenes por parte de un grupo de terroristas islámicos a un canal de televisión de Buenos Aires. Con una particularidad: dentro del edificio del canal tiene lugar la casa de Gran Hermano, donde se está desarrollando una nueva edición del programa que se anuncia como «la vida real en directo».

Sergio Bizzio

VERÁS QUE TODO ES MENTIRA. Como en casi toda su obra, Bizzio construye desde esa situación una historia que mezcla la tragedia con el humor delirante. En la novela hay disparos y muertos, jóvenes que mantienen las conversaciones más intrascendentes del mundo con veintitantos puntos de rating, historias familiares de clase media, confesiones indecorosas y sujetos con nombres árabes que, tras animarse a copar un edificio a sangre y fuego (el lugar común que abre la novela presentándose como lugar común), sienten una mayor adrenalina al darse cuenta de que tienen en sus manos el control de la atención de millones de personas hipnotizadas por las pantallas de sus televisores. Ser es ser percibido por TV.

Al igual que en The Truman Show, una circunstancia extraña irrumpe en la distracción que embelesa a la audiencia sin que ésta lo note. Y si no lo nota, no es porque el artificio se parezca mucho a la vida real, sino al revés. Todo lo que se ve en un reality show (literalmente, «muestra de la realidad») es falso: los decorados, las peripecias, las personas (literalmente, máscaras). Nada existe de verdad, salvo —quizás— el reclamo de los terroristas, que se juegan el pellejo en su acción. Quizá por eso la sobrecubierta de la edición española sea la pintura (en estilo aerosol-stencil) de un hombre apuntando con una pistola, en vez de la policroma señal de ajuste de la TV que llevaba la edición argentina. Sin embargo, esta última parece más apropiada. Bizzio declaró que Realidad es «una novela sobre la manipulación», pero no de la que se puede ejercer por la fuerza de las armas de fuego, sino con esas otras armas mucho más sutiles y eficaces llamadas medios masivos de comunicación.

Entonces, ¿dónde está la verdad? ¿En las vacuidades que los chicos y las chicas finalistas del programa dicen en el confesionario? Sus familiares, reunidos en un bar cercano al canal, saben que no, y se preguntan dónde está, mientras miran a sus hijos en los televisores que brillan en las alturas. ¿Dónde está?

Ejemplar de Realidad que tuve oportunidad de leer,
dedicado por el autor para Constantino Bértolo,
su editor español [click en la imagen para agrandar].

ESCONDERSE PARA NO VER. Realidad es una novela ágil, que se lee muy rápido, y la disfruta mucho más quien haya visto Gran Hermano al menos algunas veces (las suficientes para conocer sus mecanismos de participación y eliminación). ¿Habrá alguien que no lo haya visto nunca? El mundo en que vivimos se opone al de Orwell que origina el programa: si en 1984 los personajes deben ocultarse minuciosamente para no ser vistos, nosotros casi que debemos escondernos para no ver, o al menos para no enterarnos de lo que otros ven. Somos todo ojos, valga la sinécdoque.

Groucho Marx dijo alguna vez que la televisión le parecía muy educativa, porque cada vez que alguien la encendía él se iba a leer. Cuando los lectores de esta novela hagan el proceso inverso —dejar de leer para volver a la televisión: fatalmente todos terminamos haciéndolo— quizá miren la caja boba con otros ojos, y se pregunten por la realidad de los realities, por la realidad de las noticias, por la realidad de lo que nos presentan como verdad (o viceversa). Aunque, por cierto, es probable que ya se lo hayan preguntado muchas veces.

viernes, 30 de octubre de 2009

Entrevista a Patricio Pron: «La literatura es un oficio ridículo: convertir el vicio privado de la mentira en una virtud pública»

Hace algunos meses entrevisté en Madrid al escritor argentino Patricio Pron. Es rosarino, tiene 34 años y en 2008 publicó El comienzo de la primavera, novela ganadora del Premio Jaén, publicada por Mondadori y considerada una de las mejores del año.

La entrevista iba a aparecer publicada en el número 21 de la revista Teína, que debía ver la luz allá por mayo de este año. Finalmente, la crisis y situaciones personales de lo más diversas llevaron a que la experiencia Teína bajara la cortina. Para mí fueron tres años excelentes, en los que publiqué entrevistas a Ricardo Piglia, Rodrigo Fresán, Roberto Fontanarrosa, Fernando Iwasaki, Sergio Bizzio, Alberto Laiseca, Daniel Divinsky y Sergio Chejfec, entre otros.

Así que ahora, para darle el camino que se merece (la publicación y, eventualmente, la lectura, los comentarios, etc.), publico aquí la entrevista. Creo que vale la pena leerla, sobre todo por la lucidez de los conceptos que Patricio vertió en aquella charla, una soleada tarde de marzo en el Café Comercial, frente a la Glorieta de Bilbao. La nota comienza así (y para seguir leyéndola, abajo está el enlace):


El acento argentino de Patricio Pron se quedó extraviado en algún lugar de Alemania. Luego de vivir durante casi ocho años en ese país, donde trabajó como asistente en la Universidad de Göttingen y elaboró su tesis doctoral sobre la obra de Copi, este rosarino habla hoy con una entonación y una pronunciación raras, un castellano difícil de atribuir a alguna región del mundo en particular.

El castellano, precisamente, volvió a ser el idioma de sus charlas casuales, de cuando baja a comprar el pan, de las indicaciones en la vía pública, en enero del año pasado, cuando decidió terminar su ciclo alemán y mudarse a Madrid. Y debieron pasar pocos meses para que se insertara, casi de golpe, en el universo literario español. Eso ocurrió con El comienzo de la primavera, obra ganadora del Premio Jaén 2008 y considerada una de las mejores novelas del año por el jurado del Premio Lara.

La excelente recepción del libro por parte de la crítica y los lectores se expresa en el fragmento de una carta publicada meses atrás en la Revista Eñe. Escribe Mónica Carmona, editora de Mondadori: «Empecé a leer El comienzo... con la misma esperanza tragicómica que tenemos siempre los editores: encontrar una novela que desprenda luz propia [...] Convencida de que tenía entre manos una novela sólida, terminé la lectura y pensé que se debía publicar; insisto, se debía publicar». Y así lo hizo.

—Hace unos meses decías que estabas un poco sorprendido por el éxito de la novela, que no esperabas que las cosas en España se te dieran tan rápido. ¿Cómo te llevás con eso?
—En primer lugar: el de los escritores y las novelas es un éxito más bien modesto. Allí donde los músicos de rock son famosos, los escritores somos meramente prestigiosos. Lo que tú llamas el éxito de la novela es en realidad una excelente acogida por parte de los lectores y de la crítica, que se ha manifestado en lecturas muy inteligentes, en tener como lectores a escritores que me tienen a mí como lector y cuya obra yo respeto y admiro mucho. La experiencia, desde luego, es muy satisfactoria. De a ratos pienso que sabía que esto iba a suceder, sólo que no sabía cuánto iba a tomar: podía ser años, tal vez toda la vida, pero los libros que yo había escrito, que estaba escribiendo, iban a encontrar sus lectores. [...]

Leer la entrevista completa

miércoles, 7 de octubre de 2009

Acumulando

Hace algunos años, cuando nos reuníamos todas las semanas en el Encuentro Literario Sinécdoque, en el bar Los Angelitos de Florencio Varela, y alguno de nosotros no llevaba ningún cuento o poema nuevo para que comentáramos, solía decir que estaba "acumulando". No se decía qué, era solo eso, acumular. Al principio lo dijo alguien, y lo dijo en serio, pero luego pasó a formar parte de las costumbres del grupo. Era algo que sonaba a excusa pero que también sonaba a período necesario, primo vívere, doppo parlare, a vivir para contarla.

Ahora yo podría decir que estoy acumulando. Estoy viviendo muchas cosas. No tengo tiempo en estos momentos para escribir sobre ellas y publicarlas en el blog. Y creo que es eso: algo que suena a excusa por el largo tiempo sin actualizar, a las semanas en las que entrar a este espacio equivalía a ver siempre arriba de todo un intrascendente post sobre simulaciones en el fóbal... pero que es más que una excusa. Es un período necesario.

Por ahora, vivo. Ya la contaré.

miércoles, 15 de julio de 2009

Sanfermines: una digresión acerca de la tauromaquia

[El post de ayer tuvo algunos comentarios que me dejaron pensando: por un lado, alguien decía que ve la tauromaquia como "una atrocidad fuertemente atractiva", para la que le cuesta encontrar justificaciones pero por la que no puede dejar de disfrutar. Otro señalaba que no puede evitar ponerse contento cuando los toros alcanzan a "alguno de los giles que participan de eso". Todo eso me dejó pensando, una vez más, en los porqués de este tipo de celebración. Y en la vida y la muerte. Algo de eso está acá.]

EL PUEBLO - Alguien me dijo que, hasta hace poco, España era algo así como un rejuntado de pueblos. La figura de los pueblos está muy presente en la identidad española, mucho, muchísimo más que en la de los argentinos. Por ejemplo, la mayoría de la gente de Madrid en el verano o cada tanto se va "al pueblo". Y uno los escucha decir "mi pueblo", y se pregunta si es que son originarios de allí, y tal vez sí, o quizá es el pueblo de sus padres, o incluso el de sus abuelos. Pero ellos dicen "mi pueblo", y es allí donde se van a pasar días, donde tienen sus recuerdos de veranos larguísimos de la infancia, donde se alejan del agobio de la ciudad.

LA CIUDAD - Precisamente, los que siempre vivimos en la ciudad estamos muy alejados de muchas cosas naturales que los seres humanos han hecho por siglos y que dejamos de realizar hace relativamente poco tiempo. Por ejemplo, matar animales para comérnoslos. Hoy en día vamos a la carnicería y le pedimos al señor que atiende que nos corte medio kilo de churrascos o una tira de asado, o directamente vamos a la heladera del supermercado y tomamos una de las bandejitas empaquetadas que nos muestra la carne reluciente y rojísima. Y sin embargo, si sólo pensamos en el animal que tiene que morir para que nos comamos su carne, nos ponemos mal: no podemos verlo morir, no podemos ni siquiera verlo vivo porque nos encariñaremos con él y luego no podremos comer sus partes, etc.

LA MUERTE - Pero en los pueblos o sigue siendo así o fue así hasta hace no mucho. Mónica me cuenta que recuerda de cuando era chica las matanzas de animales en Cantalejo ("su pueblo" de Segovia). Por ejemplo: los gritos desgarradores de los cerdos cuando los pinchaban en el cuello para que manara la sangre y la gente pudiera juntarla en baldes y luego, con ella, poder hacer morcillas y otros productos. Y el pobre chancho se iba muriendo allí, de a poco, en una agonía terrible, y ningún defensor de los derechos de los animales se aparecía por allí para presentar una demanda. Del cerdo se aprovecha todo, dicen por aquí. Una vez entré en un bar y vi que a alguien le pusieron un platito con pedacitos de carne y me dieron ganas de comer eso mismo, y le pregunté al mozo qué era, y me dijo: "Morro de cerdo". O sea, carne de la cara del chancho. Le pedí una tapa y yo también la comí.

LA FIESTA - ¿A dónde pretendo llegar con esto? Esto es parte del proceso de mi búsqueda de entender la relación de la gente con la muerte de animales. Es decir, ¿por qué la muerte es parte de la fiesta? Porque lo que antiguamente se festejaba era la llegada del verano, haber sobrevivido a un invierno más, disfrutar del escaso período de clima generoso antes de que vuelvan los terribes fríos, que la cosecha haya sido buena, que los animales sean grandes y sanos, etc. ¿Y qué se hacía con estos animales? Se los mataba. Y eso era una fiesta.

EL VALOR - Por supuesto, no es sólo eso. Los orígenes de las corridas de toros están relacionados con rituales milenarios, con sacrificios religiosos, con el circo romano, etc. Y su eje no es la muerte del toro, sino el valor de la persona que lo enfrenta. Hay, por supuesto, otras formas de probar y mostrar valor. Pelearse con alguien en un boliche/una discoteca, escalar una montaña, tirarse desde lo alto de un puente con los pies atados a una soga que impide reventarse contra el suelo, alistarse para ir a la guerra, son algunas de esas formas. No ahora, pero en sus comienzos, enfrentar de pie a un toro de más de media tonelada sin más armas que una muleta y una espada habrá sido una más de esas maneras.

La excelente primera foto la sacó Francisco en el encierro del domingo. La publicó en su blog. Las otras dos las tomé de periódicos en internet.

martes, 14 de julio de 2009

Primeras impresiones de los Sanfermines

Recién llegado de los Sanfermines, siento que quiero contar un montón de cosas pero no sé cómo ordenarlas. Así que las voy a contar así como me vayan saliendo.

UNO - Alguien me puso en el facebook antes de que fuera: "Preparate para ver sangre..." Luego explicaba: "Siempre me intrigó que la muerte fuera parte de una fiesta", aunque luego aclaraba: "Como nunca estuve no puedo decir mucho", y me pedía que yo transmitiera mis impresiones. Con relación a esto, la primera impresión que se me ocurre destacar es que la fiesta incluye la muerte de los toros pero que es mucho más que eso.

No por nada, otra persona -un chico argentino que hace tres años estuvo en los Sanfermines- me había puesto en el fb que se llevó "la impresion de haberse encontrado con un sentimiento de alegría pura en la gente". Yo no sé si lo que vi fue alegría pura, pero sí que fue muchísima alegría, ganas de divertirse, de pasarla bien con amigos, de disfrutar. Todo el mundo en la calle, la música, el baile, los fuegos artificiales, todo con la intención de divertirse y pasárselo bien.

DOS - A los argentinos, cuando opinamos sólo viendo los encierros por la tele, nos parece que eso es una completa idiotez sin ningún sentido. Y quizá lo sea, pero lo que seguro no es es sólo eso que nos ponen en la tele.

Por ejemplo, yo antes de venir a España no sabía que en muchas ciudades y pueblos hay encierros. Tampoco sabía por qué se llaman "encierros", si en realidad lo que parece es lo contrario: un montón de toros que estaban encerrados son liberados para que corran a la gente. La explicación es la siguiente: esos toros son los que se matarán durante las corridas de la tarde. En la mañana de cada día de feria (fiesta), se transporta a los animales desde los campos o dehesas de las afueras de la ciudad hasta la plaza de toros, donde se los encierra a la espera de las corridas de la tarde. En cada corrida se matan seis toros; ¿por qué vemos más toros corriendo a la gente en San Fermín? Porque además van los cabestros, que son bueyes mansos que se usan como guía de los toros.

TRES - ¿De dónde surge la costumbre de correr delante de los toros? No lo sé, pero sí sé que es un grave error lanzarse a eso como una simple aventura o como una forma de sentir adrenalina, como si fuera lo mismo que subirse a una montaña rusa. Eso es subestimar el peligro real que el encierro implica. Por eso, hay gente que se especializa en el tema: entrena, se prepara gran parte del año, participa de muchos encierros, tiene conocimiento teórico sobre la cuestión. Y muchos de ellos, para colmo, deben sufrir a los irresponsables que corren borrachos, en sandalias o sin conocimiento alguno y que obstaculizan el paso, ocasionan incidentes y ponen en riesgo sus vidas y las de los demás.

CUATRO - Ernest Hemingway es el máximo responsable de mi enorme cambio de perspectiva con relación al tema toros (tauromaquia, mejor dicho). Más concretamente, leer su novela Fiesta.

Ese libro cuenta una serie de aventuras de un grupo de personajes estadounidenses y franceses que van a una edición de los sanfermines en la década de 1920. Me gustó tanto que luego me crucé con una edición de El verano peligroso con un prólogo de Rodrigo Fresán, el cual empieza diciendo que el Hemingway que escribe este relato en 1959 no tiene nada que ver con el que publicó Muerte en la tarde, su gran libro sobre toros, en 1932... por lo cual lo que hice fue leer primero Muerte en la tarde y luego El verano peligroso. Y no es que ahora sea un taurino, ni mucho menos, no dejo de ver una atrocidad en esa forma de matar a los animales.

Pero sí lo veo de otro modo, es decir: mi mirada dejó de ser la de alguien que miraba con absoluta perplejidad "que la muerte fuera parte de una fiesta" (para tomar las palabras de mi amigo) y pasó a ser la de alguien que, sin estar de acuerdo, puede llegar a comprenderlo.

Referencias de las fotos, de arriba hacia abajo:

1. Una postal de la alegría. De derecha a izquierda, estamos Elena, yo, Mónica, Francisco, Azucena, unos cuantos desconocidos y, sobre la izquierda, Raquel.


2. Momentos previos al encierro. Los balcones se llenan de gente que aprecia el espectáculo en vivo y en directo y con vista preferencial.

3. Una imagen clásica: los pamplonicas durmiendo en los parques. Recuperando energías para, más tarde, continuar la juerga.

4. Geniales los toros de Kukuxumusu observando los encierros desde los balcones.

5. El plantel completo de nuestro viaje. De derecha a izquierda: Mónica, yo, Azucena, Esther, Raquel, Elena, Allen y, agachado, Francisco.


[Continuaré en un próximo post]

viernes, 10 de julio de 2009

¡A los Sanfermines!

Esta tarde saldré junto a varios amigos para Pamplona, para disfrutar, desde esta noche y hasta el lunes, de los Sanfermines.

Es -dicen- una de las tres fiestas más populares y masivas del mundo, junto con los carnavales de Río y el Oktoberfest de Munich. Pamplona tiene habitualmente 200 mil habitantes, y para estas fechas la cantidad de gente que la puebla se multiplica por cinco: un millón de personas dan vueltas, saltan, gritan, bailan y se emborrachan por sus calles. Algunos, además, corren delante de una manada de toros. Cada tanto uno de estos muere a causa de las heridas infligidas por un toro; a uno de cada 100 mil corredores le pasa, escuché como estadística esta mañana. Esta mañana, precisamente, luego del primer muerto en seis años.

Ya tengo preparado mi uniforme (ropa blanca, pañuelo rojo al cuello, la camiseta de River es ideal para lucir por allí) y el resto de mis cosas. A ver cómo la pasamos. Anoche, como preludio, me encontré en Madrid con un grupo de argentinos y españoles residentes en Pamplona y que, este fin de semana, se vinieron de paseo a la ciudad. Me estuvieron dando un montón de indicaciones, sugerencias, recomendaciones y datos para aprovechar al máximo estos días. Y en un papelito, que llevé para tal fin, una de las chicas del grupo garabateó una información tan valiosa como los mapas que los antiguos piratas seguían en sus pericipecias de ultramar.


Sé que el lector promedio no entenderá casi nada de los papelitos.
Pero ¿qué se creen, que los mapas de los piratas eran mucho mejores?


El próximo post será a la vuelta de la fiesta. ¡Viva San Fermín!

miércoles, 8 de julio de 2009

Chau, Gabriel, gracias por todo

Qué dolor, qué pena. Me enteré hace un rato de la muerte de Gabriel Báñez. Se suicidó, dicen los diarios.

Lo conocí a principios de 2007, cuando le hice una entrevista en su oficina de la editorial La Comuna, en el Pasaje Dardo Rocha, de La Plata. Un tipo macanudísimo. Le saqué la foto que está acá arriba. Le llevé unos cuentos míos, y los leyó, y tiempo después me escribió un mail con algunos comentarios. Comentarios que yo, cuando edité unas versiones caseras -Bubok mediante- de esos cuentos en libro, usé como texto de contratapa (foto - click para agrandar).

En agosto de 2007, cuando estaba por venirme a España, me encontré con él en el Café de las Artes de La Plata. Compartimos un cortado y, con la mejor onda, me pasó un par de contactos de conocidos suyos aquí. Luego nos escribimos varias veces. Seguía su blog, uno de los pocos que está linkeado en mi columna de la derecha.

El año pasado, Gabriel publicó una elogiosa reseña de mi libro Támesis y Otros Cuentos en el diario El Día, de La Plata. Tiempo después comenzó un texto sobre El violento oficio de escribir, la antología de textos periodísticos de Rodolfo Walsh reeditada por De la Flor, con una pregunta y una respuesta de la entrevista que, poco antes, yo le había hecho a Daniel Divinsky.


Lo último que supe de él fue por un mail de La Comuna, que me informaba que podía ver un video de Báñez presentando su última novela en CuentoMiLibro.com.



El último mail suyo lo recibí el día de mi último cumpleaños, el 24 de febrero. Me decía: "Ando con algunos problemas personales, en fin, espero se solucionen. No sé. Aquí La cisura anda muy bien en ventas (raro que lo digan los mismos editores) y con críticas buenas también, la última en ADN". ¿Habrán tenido que ver esos problemas personales con su adiós? No lo sé, y no importa mucho. Lo que importa es que hemos perdido a un gran escritor (algunas de sus novelas, como Los chicos desaparecen, El curandero del cuarto oscuro y Virgen son formidables) y a una excelente persona.

Te extrañaremos. Gracias por todo, Gabriel.

jueves, 18 de junio de 2009

Manías

1

Estimo que todos tenemos manías. Más pequeñas o más grandes, pero todos coincidimos en poseer al menos algunas supersticiosas convicciones acerca de que si dejamos de hacer o de llevar con nosotros tal o cual cosa de tal o cual determinado modo, algo terrible podría ocurrir. Algo así como si el destino del universo dependiera de que no pisemos los bordes de las baldosas en las veredas, de si dejamos todas las puertas bien cerradas o bien abiertas pero no entornadas, o de si el número de personas que nos cruzamos en el trayecto del trabajo a casa es par o impar. En este post confesaré una de las mías.

2

Cuando estoy en mi barrio de Florencio Varela, para llegar a mi casa, las últimas cinco cuadras las hago caminando por la calle, ya que las veredas son muy desparejas y defectuosas. El asfalto de esa calle tiene rayas de brea, cuyo sentido no me queda del todo claro, aunque supongo que tendrán que ver con la posibilidad de que el concreto tenga espacio para expandirse sin quebrarse a causa del calor del verano. La cuestión es que esas rayas de brea trazan una línea longitudinal, que parece servir de guía para los autos y de división de ambas manos de la calle, y muchas líneas transversales, a una distancia regular unas de otras.

Precisamente, al avanzar uno va cruzando esas líneas transversales, y aquí es donde mi aparece mi manía, que no consiste en evitar pisar esas líneas (algo que podría ser una manía bastante común, creo), sino en contar los pasos que doy entre línea y línea. Yendo a ritmo normal, doy ocho pasos por cada espacio entre líneas. No puedo evitar contar cuántos pasos doy entre línea y línea, y como tienen que ser ocho, muchas veces me descubro dando pasos más breves para no llegar a la raya siguiente con menos de ocho pasos, o bien doy pasos de más que luego se descuentan del siguiente fragmento, etc.

No sólo eso: además, en mi alucinada mente, mis pasos van formando segmentos, cada par de pasos un segmento, de modo tal que el primer par de pasos forma un segmento que le corresponde a la raya de brea transversal que acabo de pasar, el segundo par de pasos forma un segmento que se relaciona con la primera mitad del trazado de brea longitudinal del espacio que estoy atravesando, el tercer par de pasos se relaciona con la segunda mitad de esa raya, y el cuarto y último par de pasos, con la raya de brea transversal que estoy a punto de superar.

No es una manía obsesiva, por supuesto, pero muchas veces me descubro -repito la expresión porque es la que mejor describe la experiencia- prestando atención a eso en el plano más profundo de mi pensamiento, a pesar de que viniera (o creyera venir) concentrado en otros asuntos, como qué voy a mirar en la tele al llegar a casa, quién era el 8 de River en el equipo que ganó el Clausura 97 o la letra de una canción.

3

Y como ayer hablaba con alguien acerca de que casi nadie deja comentarios en el blog y que uno de los posibles motivos sea que mis posts son muy "cerrados", dejo este abierto y pregunto: ¿Cuál es tu manía, lector?

(Lo bueno de esto es que si, como es probable, nadie deja comentarios, puedo deducir que la manía de quienes lean estas líneas es no dejar comentarios en mi blog...)

martes, 16 de junio de 2009

El juego de las ¿siete? diferencias entre votar aquí y allá

1

Hace nueve días, el domingo 7 de junio, fueron las elecciones para el parlamento europeo. En España el 55% del electorado se abstuvo de ir a las urnas, en una jornada en la que la mayoría de la gente no sabía muy bien qué se votaba, ni qué consecuencias podrían tener los resultados, etc. Ganó el opositor y de centroderecha Partido Popular (PP), con un pequeño margen por sobre el partido en el gobierno, el PSOE. Entre ambos partidos mayoritarios concentraron 4 de cada 5 votos. La tercera fuerza fue, con un 5% de los votos, la Coalición por Europa (CEU), formada por varios partidos nacionalistas autonómicos (los principales, el Partido Nacionalista Vasco, Convergència de Catalunya y Unió Democràtica de Catalunya), y en el cuarto puesto quedó, con poco más del 3%, la Izquierda Unida.

Pero la intención de este post no es hacer un resumen de los resultados electorales, sino contar mi pequeña experiencia. La acompañé a Mónica a votar y me quedé asombrado con las diferencias en las formas de llevar a cabo la fiesta de la democracia (???) en España y en la Argentina.

2

Entramos a la escuela, donde había muy poca gente (en parte porque era cerca del mediodía, la gente estaría almorzando). Apenas dos policías en la puerta. Al entrar estuvimos en el patio y allí, sobre unas mesas y a la vista de todo el mundo, todas las boletas. El votante llega, se para frente a ellas y allí mismo toma la de su elección, la mete en un sobre que toma de una pila de sobres, ni siquiera pega la solapa del sobre sino que lo cierra sólo plegándolo, entra al salón donde están las autoridades de mesa, entre su DNI, lo buscan en la lista, hacen junto a su nombre una marquita que significa "ha votado", el votante mete el sobre en la urna, listo el trámite, se va a su casa.

Le expresé a Mónica mi asombro, le conté un poco cómo funcionan las cosas allá y le pregunté si no había una forma de que el voto sea realmente secreto. Entonces me señaló a un costado, donde había una estructuras metálicas cubiertas por unas cortinas, algo parecido a los probadores de los puestos de ropa de las ferias como las de La Salada o la de Zenzabello, en Varela. Esos son los cuartos oscuros. Pero están de adorno, porque nadie los usa. Y como nadie los usa, no hay boletas allí dentro, están todas afuera.

3

A mí no me gusta estar haciendo comparaciones todo el tiempo, pero ¿cómo evitar compararlo con las elecciones argentinas, en las que las escuelas están llenas de policías por todas partes, donde ante la menor alusión o referencia a un partido uno corre el riesgo de que no lo dejen participar acusándolo de "voto cantado", donde los sobres te los tienen que dar las autoridades de mesa, quienes los tienen que firmar mitad en el cuerpo y mitad en la solapa y se pasan todo el día escudriñándose como jugadores de póker y gruñéndose como perros callejeros?

Y no quiero decir que los españoles sean nenes de pecho ni una raza mucho más civilizada ni ninguna boludez por el estilo. Aquí también abundan la transa y la corrupción, la mentira y la estafa, la deshonestidad y la trampa. Pero simplemente eso, ¿cómo evitar pensarlo?: si los punteros compran miles de votos en el Conurbano con choripanes y cocacolas, con promesas falsas y extorsiones reales contra la gente pobre y semianalfabeta a la que arría como ganado, ¿qué atrocidad no cometerían si no hubiera cuartos oscuros y uno tuviera que tomar la boleta y meterla en el sobre frente a la mirada de ellos?

jueves, 4 de junio de 2009

"Es sólo traducir, no hay que inventar nada"

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Esta es la historia de una persona que en una época trabajaba como empleado para una red de blogs, y que por entonces tenía un jefe.

La red de blogs les pagaba una miseria a sus redactores: 1,10 euro por cada post, en general de una extensión de entre 200 y 250 palabras. (Es lo que pagan en general estas empresas: lo pueden comprobar ingresando en la web de ofertas laborales Find a Blogger.) El empleado de nuestra historia no era un redactor sino que desarrollaba otras funciones, por lo cual tenía un sueldo decente; entre esas otras funciones estaba la de reclutar nuevos redactores para que escriban posts por 1,10 euro cada uno.

La cuestión es que un día el jefe le informó al empleado que un par de blogs de la red comenzarían a tener su versión en inglés, para ganar visitas (y, por ende, aumentar los ingresos por publicidad). Y que, para eso, hacía falta un traductor que pasara los textos de los posts al idioma de Shakespeare.

-Consigue un traductor -dijo-. Lo más barato posible, no más de 1 euro el post. Si pagamos 1,10 cada post, esto tiene que ser menos, que es sólo traducir, no hay que inventar nada.

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El empleado se lanzó en la búsqueda de un traductor. Le ofreció el puesto a varios y de ninguno tenía respuesta. Una conocida le preguntó por el trabajo y dejó dejó de preguntar cuándo se enteró del dinero que se pagaría. Hasta que por fin alguien le habló al empleado con claridad. Le puso en un mail:

"Buenas tardes, no sé si te has dado cuenta del precio que me propones, es ridículo. Te comento, el trabajo de traducción se cobra por palabra traducida y mi tarifa por traducir de castellano a inglés asciende a 0,085 € / palabra traducida."


El empleado no pudo menos que sentir vergüenza ajena (y un poco propia también, claro) ante la situación. Le informó de esto al jefe, quien sólo respondió dos palabras: "Muy caro". Claro, le estaban pidiendo entre 17 y 21,25 euros por textos por los que él no quería pagar más de 1.

Finalmente el propio jefe consiguió un traductor, al que le pagaría 1 euro por texto. Es decir, justo en el límite que él había impuesto por "sólo traducir", ya que "no había que inventar nada".

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Recordé esta historia hoy, al leer una noticia sobre Babelic.com, una empresa que hace "traducciones a bajo coste". Para Babelic.com, el costo más bajo posible es de 2 céntimos por palabra, el cual implica el nivel más bajo de traductor y de calidad, y además las traducciones son hechas introduciendo el texto en un editor (como en cualquier traductor automático de la web), y no sobre archivos de Word, pdf, etc.

Es decir: para Babelic.com, en lo más barato posible, lo de menos calidad, lo de menos servicio, traducir un post de 200 palabras costaría 4 euros. El traductor de mi historia, en cambio, quien no sólo tendría que traducir el texto sino publicarlo en el blog, agregar una foto, introducir etiquetas y categorías, etc., costaba 1 euro. Cuatro veces menos. Claro, si total es sólo traducir, no hay que inventar nada...

¿Y a Babelic.com le llaman low cost? Qué dirían entonces si hablaran del jefe de mi historia...

martes, 2 de junio de 2009

Un picnic al lado de San Martín

El domingo, con la excusa de celebrar el 25 de mayo, la Casa Argentina de Madrid convocó a los argentinos residentes aquí a un encuentro. Habitualmente ellos organizaban una choripaneada en el Colegio Mayor Argentino, ubicado en la calle Martín Fierro (nada es casualidad, seguramente), pero esta vez lo cambiaron por un picnic en los aledaños de una estatua de San Martín que está en el Parque del Oeste, cerca de Moncloa.

El día estuvo buenísimo, con sol y calorcito, ideal para pasarlo tirado a la sombra de los árboles sin hacer nada más que tomar mate, comerse unos sánguches, jugar a las cartas y, por qué no, charlar un poco con amigos y compatriotas. No hubo mucha gente, aunque tampoco estuvo tan mal: habremos sido en total unas treinta y tantas personas. Yo fui sin muchas más expectativas, y la verdad que la pasamos bien, aunque el tema no parecía demasiado organizado. Por ejemplo: el anunciado puesto de venta de facturas y tartas consistió en una mujer que cada tanto se paseaba por entre la gente, bandeja en mano, ofreciendo medialunas a un euro cada una (caras, pero porque lo recaudado iba a favor de la comunidad de indios ranqueles en la Argentina).

Incluso tuvimos suerte y nos fuimos de allí con regalo: Mónica se ganó el ejemplar de A veinte años luz, de Elsa Osorio, que rifaron los organizadores.

Y nos sacamos esta foto:

Agachados, de derecha a izquierda: Francisco, Mónica y yo
(click sobre la imagen para agrandarla).

lunes, 1 de junio de 2009

Viejo, ya caminas lento...

La última vez que se había subido a un tren, los vagones eran de madera. Por eso, y porque tenía ganas de visitar Madrid -donde hace tantos años hizo el servicio militar- el abuelo de Mónica vino de visita el sábado. Lo trajeron, debo decir, porque ya está bastante mayor y la verdad es que le cuesta andar: se cansa.

"Es como si no estuviéramos andando", dicen que dijo cuándo le preguntaron qué le parecía viajar en ese tren. Claro, no se movía para nada: era un Avant, uno de esos modelos que sólo se diferencian al AVE (Alta Velocidad) porque van apenas más lentos. Pero en cuestión de comodidad, son casi como un avión sobre rieles. Hay que mirar por la ventanilla para darse cuenta de que uno se está moviendo a ciento y tantos kilómetros por hora (tarda 31 minutos para recorrer los 92 kilómetros que separan Madrid de Segovia).

Luego recorrió el centro de la ciudad. En metro hasta la Puerta del Sol, desde allí caminando hasta la Plaza Mayor, y luego bajó un poco más hacia el lado de La Latina. Con paradas intermedias: para tomarse un refresco, para descansar, para comprarse una gorra que le mostrará a todo el mundo en Cantalejo, su pueblo, en la provincia de Segovia, donde ha vivido toda la vida. "La compré en Madrid", se enorgullecerá al contarlo.

Y después llegó el turno de volver. En la última parte del paseo, don Pepe estaba realmente cansado. Se le notaba. Yo estuve con ellos hasta el momento en que se iba a subir al tren. En ese momento le saqué la foto que acompaña estas líneas. Seguramente el hombre durmió casi todo el viaje de vuelta.

Me quedé pensando en lo mucho que nos parecemos a niños cuando envejecemos. Exigimos atención y cuidados cada vez más especiales, nos volvemos frágiles, delicados, no podemos andar mucho, nos repetimos. Caminamos lento, como dice la canción. Quizá la principal diferencia sea que los héroes de las hazañas que contamos de viejos no son nuestros padres o hermanos mayores, sino las personas que fuimos cuando éramos jóvenes, cuando éramos los reyes del mundo.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Algunas postales de una tarde entre caballos

El último fin de semana se desarrolló el 99º Concurso de Saltos Internacional, en el Club Villa de Madrid. El sábado estuve allí con mi amigo Francisco -quien consiguió las entradas- y tomé algunas fotos.


Este es Robert Smith, el inglés que ganó la primera serie que vimos, segunda de la tarde. La tercera y final, la más importante (incluso estuvo presente Ruiz Gallardón, el alcalde de Madrid), la ganó una jocketa yanqui.


El momento en que el caballo se estira para superar las vallas; estas últimas promocionan la campaña para que las olimpíadas de 2016 se realicen en Madrid.


Otro salto. De fondo, las banderas de los países de donde provenían todos los concursantes. La segunda de izquierda a derecha es la argentina.


Otro salto.


Por supuesto, la gente que va a estas cosas es súper cheta/pija, como dicen acá (con perdón). Aquí, una señora que se protegía de la molesta llovizna con su paraguas.


Las niñas con sus botas de montar. Qué nivel.


Y, como no podía ser de otra manera, la presencia argentina. Dentro de poco escribiré un post sobre algo que no deja de pasarme: cada vez que salgo a la calle, en cualquier lugar de Madrid, me cruzo con alguien con una remera, la campera, un gorro, lo que sea, que dice Argentina. En este lugar vi a dos personas: el primero con una campera con la bandera en la espalda.


Y el segundo, con un buzo:


Y había hasta un puesto con productos argentinos. Es que, claro, nuestro polo es de exportación...

martes, 26 de mayo de 2009

Oficio terrestre

Caminando hace poco por Valladolid di con una librería de viejo. En las ciudades españolas las librerías de viejo son mucho menos comunes que en la Argentina, y sus esporádicas apariciones en mis paseos suelen ser motivo de una secreta euforia. Esta de la que ahora les hablo, además, está en una situación particular, en una pequeña construcción que está metida en una plaza; es una cosa muy rara. Pero bueno, ahí está, y allí entré, con la siempre renovada ilusión de encontrar algo valioso por poco dinero.

Y vaya si lo hallé. Ese oficio terrestre de los bibliófilos que es revolver entre los viejos ejemplares en busca de un tesoro escondido que no sabemos qué es hasta que lo encontramos, me deparó un ejemplar de la segunda edición del libro Los oficios terrestres, de Rodolfo Walsh, Editorial Jorge Álvarez, 1966. Le pregunté al señor librero -un caballero vestido con elegancia y que lleva muchos años en este mundo, evidentemente- por su precio y me dijo "un euro y medio". Así que me lo llevé, por lo que cuesta una caña de cerveza. Y fui feliz, del modo en que somos felices solamente los que andamos por la vida a la espera de que una librería de viejo nos salga al paso.

viernes, 22 de mayo de 2009

Perturbaciones

Anoche estuve en la presentación del libro Perturbaciones, una antología de cuentos fantásticos españoles (más o menos) contemporáneos. Los presentadores -el editor, el antólogo y tres de los cuentistas seleccionados- nombraron mucho a Borges, Cortázar y Bioy Casares, lo cual representa una idea clara de la importancia de la literatura argentina en el ámbito. También me llamó la atención la insistencia (lo dijeron por lo menos cuatro o cinco veces) en diferenciar el fantástico literario tradicional, como los de las obras de esos autores argentinos, de lo que hoy puede encontrarse en los anaqueles de las librerías bajo el rótulo de fantástico: las obras de Tolkien y sus cientos, miles de seguidores.

Después fui con dos amigos -español él, uruguaya ella- a tomar algo por ahí. Ella, además de ser uruguaya, vive en Bilbao, por lo cual aproveché para preguntarle cómo (se) vivió en el lugar la final de la Copa del Rey la semana pasada entre el Athletic y el Barsa. Me contó que la ciudad también sufrió perturbaciones. Fue casi un día feriado; toda Bilbao se paralizó, hubo actividades en las calles, el metro -que habitualmente termina sus servicios a las 23- anduvo casi toda la noche, etc.

Esa noche ella estaba en casa de amigos, y allí vio el primer tiempo del partido. Quiso aprovechar el entretiempo para ir a su casa (en Barakaldo, un pueblo que queda al lado de Bilbao y al que se accede por medio de una de las dos redes de metro); cuando bajó al andén lo encontró lleno, llenísimo, y no pudo viajar en el primer tren que llegó, por lo cual decidió esperar el siguiente. Pero no hubo siguiente. Una persona de seguridad le dijo que el siguiente llegaría 50 minutos después, cuando terminara el partido, y que no podía quedarse dentro de la estación esperándolo, porque la estación se cerraba. TODOS se iban a mirar el segundo tiempo. Como se quedó sin metro, ella se volvió a la plaza a mirarlo, también, en pantalla gigante; lo malo fue que en lo que tardó en hacer el trayecto el Barsa metió los tres goles que sellaron el 4-1...

Como todo tiene que ver con todo, volví a casa y prendí la tele y allí estaba Andreu Buenafuente haciendo un viaje en avión Barcelona-Barcelona, como la Copa y la Liga y ojalá la Champions. Y después de que una uruguaya me hubiera hablado de fútbol, me fui a dormir con un 1-0 parcial de Defensor Sporting en Buenos Aires. Esta mañana comprobé lo agradable de la sensación de que lo que empieza bien, termine bien.

[ PD: El blog está muy futbolero últimamente, lo reconozco. Pero bueno, es lo que hay. Y se viene un post sobre los jugadores que creo que tienen que irse de River cuanto antes. Es una especie de catarsis, je. ]

jueves, 14 de mayo de 2009

El color de una final: TVE censura, el Barsa se salta los protocolos, catalanes y vascos le dicen adiós a España...

Ayer, cuando volvía de jugar al fútbol, nos pusimos a hablar de fútbol con Santi, que me acercaba en auto. Mencioné mi post de anteayer, en el que hablaba de los mundiales, citamos a Serrat, con aquello de que uno se hace fanático del fútbol desde niño, que el fútbol es lo más importante de lo que no es importante, y él me dijo algo que no había escuchado nunca: que el fútbol nos atrapa tanto porque es como una telenovela. Así como en esas historias en las que las tramas se enredan, aparecen y desaparecen personajes inexplicablemente, los argumentos dan vueltas de tuerca inverosímiles, y sin embargo los televidentes siguen allí; en el fútbol siempre hay algo nuevo por contar, siempre hay un equipo que da espectáculo y nos emociona, o un pequeño que vence a un gigante, o cualquier alternativa que convierte un partido -como dice Dolina- en un espacio donde caben infinidad de novelescos episodios.

Me bajé del auto y me metí en un bar para ver la final de la Copa del Rey. Y entonces asistimos todos en España a un episodio novelesco: la censura del momento del himno previo al partido. Es que, tal como se preveía, ambas hinchadas, la vasca y la catalana, se unieron en sus silbidos y chiflidos. TVE, la televisión pública encargada de la transmisión del partido, alegó "fallas técnicas" debido a las cuales, según ellos, no pudieron emitir las imágenes en directo, y en esos momentos fueron a los móviles que tenían en San Mamés, el estadio del Athletic de Bilbao.

Lo peor de todo fue que, en el entretiempo, pasaron las imágenes del momento de los himnos pero sin el audio original, con los silbidos (pitidos, dicen aquí), sino con una grabación de la música encima. Se puede ver aquí tanto lo que pasó la TV en el momento, el audio original de lo que pasó en Mestalla, y la edición trucha que emitió TVE después.



Antes del partido algunos hacían chistes de que la Copa no la entregaría el rey sino el ministro de Asuntos Exteriores. Otros se quejaban diciendo que, si no les gusta el rey, que no jueguen el torneo. Lo cierto es que los dos equipos, el Barsa y el Athletic, son los reyes de esta Copa, los que más la ganaron, copa que antes de ser "del Rey" era "del Generalísimo" (Franco, por supuesto). Ambos equipos la vivían como una manera de reivindicarse frente a lo que ellos entienden como la represión del poder (madrileño, castellano) central. Una bandera ayer en la tribuna del Barsa decía: "We are nations of Europe. Good Bye Spain" ("Somos naciones de Europa. Adiós España").

La Copa la ganó el Barsa, el mejor equipo del mundo. La Copa merece llamarse del Rey pero porque se la llevó el equipo rey de la actualidad, el que juega mejor que nadie, y al que más que nadie le corresponde saltarse los absurdos protocolos (hacer click para agrandar la tapa del diario deportivo Marca de hoy) de los absurdos sistemas de gobierno, no menos absurdos -por supuesto- que ponerse feliz por el resultado de un partido de fútbol. Absurdo, aunque está claro que, de lo que no es importante, el fútbol es por lejos lo más importante.