domingo, 14 de junio de 2009

Un lugar llamado Hemingway

dedicado a mis amigos, convenientemente mencionados
y vasos y besos y cerveza Antares
bien fría, y panqueques con frutilla
y dulce de leche en
un lugar llamado Hemingway

allí no todos son mis amigos
porque uno no puede ser amigo de todos
pero sí algunos, y eso
es lo que cuenta, lo que vale, lo que
tiene sentido
cuando uno está sentado
a una mesa, bajo las sombrillas,
o en el patio del fondo, sobre
el piso de madera de
un lugar llamado Hemingway

me enamoro de las mozas
-cada noche de una distinta
o de la misma, da igual, y tienen hijos o
adoptan alas de ángeles, rubias,
morochas, pelirrojas, Facundo
dice que todas las pelirrojas están buenas-
que trabajan en
un lugar llamado Hemingway

atan un perro en la puerta
que no ladra ni muerde, y cuando
hay mucha gente la antesala
de los baños
reserva todo tipo de curiosas situaciones
ofertas difíciles de rechazar
y de cumplir,
y todo eso sin contar que queda cerca
la wafflera en cuya casa
también viven María José y Mauricio, porque
todos los caminos conducen
a ese lugar llamado Hemingway

y fiestas y campanas que doblan
sin viejos ni mar
en Madrid no se consigue
lo que en Florencio Varela, en
un lugar llamado Hemingway

viernes, 12 de junio de 2009

Robotech, esa maravilla

Ayer terminé de ver por tercera vez la magnífica serie Robotech. Digo por tercera vez porque la vi en tres etapas de mi vida: en la infancia, en la tele blanco y negro de mi casa del barrio San Jorge, en Florencio Varela; en la adolescencia, ya en colores y por TV por cable; y ahora, treintañero, por YouTube. No tengo problemas en reconocer que me encanta. Soy fan. Próximamente la revista ecuatoriana Mundo Diners publicará un artículo mío sobre la serie.

Hace años había publicado algunas cosas sobre Robotech aquí en el blog, uno cuando me enteré de que Retro la repondría en la tele argentina y otro simplemente porque me dieron ganas de que estuviera aquí la introducción. Por esa misma época, la productora Harmony Gold (la responsable de copiar y pegar tres series japonesas sin ninguna relación argumental entre sí para crear esta saga épica) remasterizaba Robotech, que ahora tiene mejor sonido, más calidad de imagen y otras voces. Todo muy bien, sólo que quienes crecimos escuchando las voces de los ochenta de Rick Hunter, Lisa Hayes y Minmei no podemos aceptar que ahora hablen de otro modo. Esta es la intro de la versión remasterizada:



Internet es una maravilla: permite acceder a muchísimo material para Robotech, esas cosas que durante años eran algo que uno podía enterarse de que existía (por alguna revista, por algún rumor que le cuenta un compañero...) pero a las que jamás podía acceder. Ahora está todo acá. Y me siento como un niño con juguete nuevo.

Y además Robotech me ha generado una serie de reflexiones que intentaré ir escribiendo y publicando aquí en el blog. Ojalá haya interesados.

martes, 9 de junio de 2009

El nuevo Bucay

Sorpresa: eso fue para mí encontrar un ejemplar de Historias de diván, el libro de Gabriel Rolón, en el escaparate de una librería cristiana de Madrid (San Pablo, en la plaza de Jacinto Benavente), pero más aún ver la faja que la adorna. Sí, dice simplemente eso: "El nuevo Bucay".

La cita es de Newsweek, y me imagino que los editores habrán notificado al autor acerca de ese texto. El ladrón de Bucay tiene aquí bastante prestigio, la gente en general no conoce del caso de plagio que en la Argentina lo hundió, y sus libros se venden como pan caliente, pero ¿qué habrá pensado el ex compañero radial de Dolina? ¿Estará de acuerdo? ¿Tan bajo tenía que caer? ¿Qué pensará Dolina?

Ojo, que con esto no lo juzgo a Rolón. Yo no sé qué haría en su lugar. Quizá fue una imposición necesaria para que lo publicaran aquí en España. Y en ese caso me parece justificado (no sé si correcto, pero justificado) aceptar. Pero no puedo evitar hacerme esas preguntas...

viernes, 5 de junio de 2009

El valor del alma

«[El diablo] me aconsejó que no me precipitara porque el alma de los desesperados vale muy poco, como vale poco el amor de quienes se entregan para obtener a cambio un fin que no guarda relación alguna con el amor. Las que sirven de verdad son las almas de aquellos que le prestan valor al espíritu, los que empiezan por creer que el espíritu existe y continúan convencidos de que sin espíritu se condenarían. Como el dinero, el alma es una abstracción que va generando su propio valor.»
Juan Bonilla, "A veces es peligroso marcar un número telefónico"

«¿El alma? Por favor, ¡eso del alma no existe! Lo inventaron para asustar niños, como el Coco o Michael Jackson.»
Bart Simpson

jueves, 4 de junio de 2009

"Es sólo traducir, no hay que inventar nada"

1

Esta es la historia de una persona que en una época trabajaba como empleado para una red de blogs, y que por entonces tenía un jefe.

La red de blogs les pagaba una miseria a sus redactores: 1,10 euro por cada post, en general de una extensión de entre 200 y 250 palabras. (Es lo que pagan en general estas empresas: lo pueden comprobar ingresando en la web de ofertas laborales Find a Blogger.) El empleado de nuestra historia no era un redactor sino que desarrollaba otras funciones, por lo cual tenía un sueldo decente; entre esas otras funciones estaba la de reclutar nuevos redactores para que escriban posts por 1,10 euro cada uno.

La cuestión es que un día el jefe le informó al empleado que un par de blogs de la red comenzarían a tener su versión en inglés, para ganar visitas (y, por ende, aumentar los ingresos por publicidad). Y que, para eso, hacía falta un traductor que pasara los textos de los posts al idioma de Shakespeare.

-Consigue un traductor -dijo-. Lo más barato posible, no más de 1 euro el post. Si pagamos 1,10 cada post, esto tiene que ser menos, que es sólo traducir, no hay que inventar nada.

2

El empleado se lanzó en la búsqueda de un traductor. Le ofreció el puesto a varios y de ninguno tenía respuesta. Una conocida le preguntó por el trabajo y dejó dejó de preguntar cuándo se enteró del dinero que se pagaría. Hasta que por fin alguien le habló al empleado con claridad. Le puso en un mail:

"Buenas tardes, no sé si te has dado cuenta del precio que me propones, es ridículo. Te comento, el trabajo de traducción se cobra por palabra traducida y mi tarifa por traducir de castellano a inglés asciende a 0,085 € / palabra traducida."


El empleado no pudo menos que sentir vergüenza ajena (y un poco propia también, claro) ante la situación. Le informó de esto al jefe, quien sólo respondió dos palabras: "Muy caro". Claro, le estaban pidiendo entre 17 y 21,25 euros por textos por los que él no quería pagar más de 1.

Finalmente el propio jefe consiguió un traductor, al que le pagaría 1 euro por texto. Es decir, justo en el límite que él había impuesto por "sólo traducir", ya que "no había que inventar nada".

3

Recordé esta historia hoy, al leer una noticia sobre Babelic.com, una empresa que hace "traducciones a bajo coste". Para Babelic.com, el costo más bajo posible es de 2 céntimos por palabra, el cual implica el nivel más bajo de traductor y de calidad, y además las traducciones son hechas introduciendo el texto en un editor (como en cualquier traductor automático de la web), y no sobre archivos de Word, pdf, etc.

Es decir: para Babelic.com, en lo más barato posible, lo de menos calidad, lo de menos servicio, traducir un post de 200 palabras costaría 4 euros. El traductor de mi historia, en cambio, quien no sólo tendría que traducir el texto sino publicarlo en el blog, agregar una foto, introducir etiquetas y categorías, etc., costaba 1 euro. Cuatro veces menos. Claro, si total es sólo traducir, no hay que inventar nada...

¿Y a Babelic.com le llaman low cost? Qué dirían entonces si hablaran del jefe de mi historia...

miércoles, 3 de junio de 2009

Cuántos libros leemos

Hace unos meses hablaba con un amigo en la Argentina con quien siempre conversamos de los libros que estamos leyendo y de los que hemos leído recientemente, nos hacemos comentarios, recomendaciones, etc. En esta ocasión surgió el tema de qué y cuántos libros leemos. Él me dijo que varias veces había planeado (y nunca lo había hecho) anotar los libros que iba leyendo, para llevar una cuenta. Yo le dije que precisamente un tiempito antes había comenzado a hacerlo, aquí mismo, en el blog. Es un recuadrito que está en la barra de la derecha, abajo. Las únicas personas de quienes me consta que leen tal sección son este amigo y mi hermano.

Hablando ese día de la cantidad de libros, le dije que también yo me preguntaba cuántos leíamos y cuántos equivalían a "muchos". Y le comenté mi referencia: Stephen King, en Mientras escribo -su libro mezcla de memorias y manual de escritura- dice que alguien que aspira a ser un escritor debe leer, al menos, unos 80 libros al año. ¿Y cuántos leía yo?

Es cierto, yo había empezado una lista de los libros que leía, pero esa lista no incluía fechas. No me servía para mucho en este sentido. Hasta que tuve una referencia, una fecha en concreto: la noche del 30 de noviembre del año pasado comencé a leer Manual de perdedores, de Juan Sasturain. Decidí entonces que cuando se cumplieran seis meses, esto es, a fin de mayo, contaría cuántos libros había leído durante el semestre.

Al aproximarse la fecha, tenía la sensación de que había superado ampliamente la cifra de 40, que se correspondía proporcionalmente con la indicada por King. Y yo mismo me rebajaba: es que hubo varios de poesía, que se leen más rápido, novelas cortas... Creo que esta fue una etapa muy fructífera para mí en cuanto a lecturas, una de las -en este sentido- más aprovechadas (por llamarlo de algún modo) de mi vida.

Y sin embargo, resulta que no llegué a esa marca. Los libros leídos durante estos seis meses suman 37. A razón de uno cada casi cinco días. Hubo libros de poemas y novelas cortas, sí, aunque también tochos de investigaciones periodísticas y novelas extensas. También cuentos. Y por supuesto, lecturas sueltas aquí y allá no consideradas en este recuento: aquí solo incluyo los libros leídos completos, de cabo a rabo.

¿Son muchos 37 libros en un semestre? Qué sé yo. Como todo: de según cómo se mire, todo depende.

martes, 2 de junio de 2009

Un picnic al lado de San Martín

El domingo, con la excusa de celebrar el 25 de mayo, la Casa Argentina de Madrid convocó a los argentinos residentes aquí a un encuentro. Habitualmente ellos organizaban una choripaneada en el Colegio Mayor Argentino, ubicado en la calle Martín Fierro (nada es casualidad, seguramente), pero esta vez lo cambiaron por un picnic en los aledaños de una estatua de San Martín que está en el Parque del Oeste, cerca de Moncloa.

El día estuvo buenísimo, con sol y calorcito, ideal para pasarlo tirado a la sombra de los árboles sin hacer nada más que tomar mate, comerse unos sánguches, jugar a las cartas y, por qué no, charlar un poco con amigos y compatriotas. No hubo mucha gente, aunque tampoco estuvo tan mal: habremos sido en total unas treinta y tantas personas. Yo fui sin muchas más expectativas, y la verdad que la pasamos bien, aunque el tema no parecía demasiado organizado. Por ejemplo: el anunciado puesto de venta de facturas y tartas consistió en una mujer que cada tanto se paseaba por entre la gente, bandeja en mano, ofreciendo medialunas a un euro cada una (caras, pero porque lo recaudado iba a favor de la comunidad de indios ranqueles en la Argentina).

Incluso tuvimos suerte y nos fuimos de allí con regalo: Mónica se ganó el ejemplar de A veinte años luz, de Elsa Osorio, que rifaron los organizadores.

Y nos sacamos esta foto:

Agachados, de derecha a izquierda: Francisco, Mónica y yo
(click sobre la imagen para agrandarla).

lunes, 1 de junio de 2009

Viejo, ya caminas lento...

La última vez que se había subido a un tren, los vagones eran de madera. Por eso, y porque tenía ganas de visitar Madrid -donde hace tantos años hizo el servicio militar- el abuelo de Mónica vino de visita el sábado. Lo trajeron, debo decir, porque ya está bastante mayor y la verdad es que le cuesta andar: se cansa.

"Es como si no estuviéramos andando", dicen que dijo cuándo le preguntaron qué le parecía viajar en ese tren. Claro, no se movía para nada: era un Avant, uno de esos modelos que sólo se diferencian al AVE (Alta Velocidad) porque van apenas más lentos. Pero en cuestión de comodidad, son casi como un avión sobre rieles. Hay que mirar por la ventanilla para darse cuenta de que uno se está moviendo a ciento y tantos kilómetros por hora (tarda 31 minutos para recorrer los 92 kilómetros que separan Madrid de Segovia).

Luego recorrió el centro de la ciudad. En metro hasta la Puerta del Sol, desde allí caminando hasta la Plaza Mayor, y luego bajó un poco más hacia el lado de La Latina. Con paradas intermedias: para tomarse un refresco, para descansar, para comprarse una gorra que le mostrará a todo el mundo en Cantalejo, su pueblo, en la provincia de Segovia, donde ha vivido toda la vida. "La compré en Madrid", se enorgullecerá al contarlo.

Y después llegó el turno de volver. En la última parte del paseo, don Pepe estaba realmente cansado. Se le notaba. Yo estuve con ellos hasta el momento en que se iba a subir al tren. En ese momento le saqué la foto que acompaña estas líneas. Seguramente el hombre durmió casi todo el viaje de vuelta.

Me quedé pensando en lo mucho que nos parecemos a niños cuando envejecemos. Exigimos atención y cuidados cada vez más especiales, nos volvemos frágiles, delicados, no podemos andar mucho, nos repetimos. Caminamos lento, como dice la canción. Quizá la principal diferencia sea que los héroes de las hazañas que contamos de viejos no son nuestros padres o hermanos mayores, sino las personas que fuimos cuando éramos jóvenes, cuando éramos los reyes del mundo.