-¿Qué dice? -pregunté, señalando el papel que el hombre me había extendido.
-Que necesitas gafas.
-Ajá. Pero -volví a señalar- ¿acá qué dice?
-Que necesitas gafas.
-Ah... pero acá no dice eso.
-Sí, que necesitas gafas.
-Acá, esta palabra, ¿acá dice "que necesitas gafas"?
-Nosotros lo decimos así.
martes, 16 de marzo de 2010
martes, 9 de marzo de 2010
La mejor escena de El secreto de sus ojos
Me puso muy contento, a qué negarlo, el Oscar para El secreto de sus ojos. Sobre todo por el reconocimiento para un tipo como Campanella, hacedor de productos magníficos, y por el impulso que le puede dar al cine argentino. Por eso, acá va el pequeño homenaje de este blog para la peli: una escena que seguro está entre las mejores que ha producido nuestro cine. Fue lo que más me impactó cuando la vi en el cine, de lo que más hablé después, y ahora la vuelvo a ver y me vuelve a parece fascinante. Una sola toma que comienza con una panorámica del estadio de Huracán, lo sobrevuela (con toda "la magia del fútbol" incorporada), luego va a la tribuna y se transforma en el plano subjetivo de cualquier hincha, arrastrado por la avalancha en el festejo del gol, y termina recorriendo los pasillos del Ducó en la persecución del asesino. Brillante. Me saco el sombrero.
miércoles, 24 de febrero de 2010
lunes, 22 de febrero de 2010
¿Por qué me llamas Calvin?
Es increíble como una frase dicha al pasar, algo que uno dice y olvida casi instantáneamente, puede convertirse en una señal, una característica, el símbolo con el que los demás te recuerden.
HACE UNOS DÍAS ESTUVE cenando con un grupo de gente con el que había coincidido en otra cena, un par de meses atrás. La charla, en su largo primer tramo, discurrió sobre cuestiones culinarias. A los españoles les gusta muchísimo, les encanta, les fascina, hablar de cocina. Pasan horas y horas hablando de cocina, de cómo se prepara esto o aquello, de dónde es más rico el jamón, del secreto para que tal o cual plato tenga ese sabor... A mí, en cambio, el tema me aburre muchísimo. No me gusta, no me interesa, sólo pienso en comida cuando me agarra hambre, y después de comer me olvido del tema hasta que vuelve a darme hambre. Por eso, en esas reuniones me paso gran parte del tiempo callado y sin participar, porque no tengo nada que decir, ni tampoco me interesa decir nada.
Eso pasó el otro día durante un rato largo. Después el tema derivó en otros, y alguien comentó que, en una fiesta en la que había estado días atrás, habían jugado a una versión virtual, youtubesca, del "dígalo con mímica" (conocido aquí como "el juego de las películas"). Consistía en lo siguiente: alguien tomaba una computadora, ponía en YouTube un fragmento de alguna película (imagen sin sonido o audio sin imagen) y los demás debían acertar de qué película se trataba. Uno de ellos se propuso para poner películas, y así lo hizo con unas cuantas, hasta que ofreció que otra persona tomara la posta. Lo hice yo. Entonces alguien me dijo:
-¿Vas a poner Regreso al futuro?
Miré sorprendidísimo. Volver al futuro es una de mis películas fetiche, soy fan de Volver al futuro, cualquier persona que me conoce un poco lo sabe, pero ellos no me conocen. ¿Cómo sabían, por qué dijeron eso?
LO PREGUNTÉ Y ALGUIEN me lo explicó. En aquella otra cena, la de dos meses antes, la conversación había versado durante largo rato sobre un viaje a Nueva York que una pareja había hecho. Y, entre otras tantas cosas, de marcas, y por algún motivo nombraron a Calvin Klein. En ese momento yo compartí uno de esos datos por lo general completamente inútiles que uno suele acumular: que en la década del 80 esa marca debía ser muy poco conocida en España, porque cuando, en Volver al futuro, Marty McFly viaja al pasado, a 1955, su madre, Lorraine, lo llama "Calvin Klein", ya que cree que él ese llama así porque eso dicen sus calzoncillos; pero en el doblaje español de la película no lo llaman con ese nombre, sino con otro, que yo no recordaba.
Yo me olvidé enseguida de lo que había dicho, pero ellos no. Ellos no guardaban ningún recuerdo de esa escena, y que les soltara esa referencia hizo que me vieran como un friki.
¿SOY UN FRIKI? NO SÉ. Pero ayer estaban poniendo Volver al futuro en Cuatro y vi por enésima vez el final. Busqué en internet y supe, otra vez, que los dobladores españoles decidieron que Lorraine llamara a Marty "Levi Strauss". Y que no hablaran de 88 millas sino de 140 kilómetros por hora. Y que Biff, en el final, cuando aparece como el tonto que le limpia el auto a George, usa un equipito de gimnasia Adidas, al contrario que el canchero de Marty, que lleva Nike (una versión ochentosa y deportiva del famoso anuncio PC vs. Mac). Y recordé que no es bueno tener mucha información sobre el futuro, pero que todos miramos al tipo o la mujer del tiempo -precisamente- para saber si conviene salir con paraguas (o con chaleco antibalas). Y que adonde vamos no necesitamos... carreteras.
HACE UNOS DÍAS ESTUVE cenando con un grupo de gente con el que había coincidido en otra cena, un par de meses atrás. La charla, en su largo primer tramo, discurrió sobre cuestiones culinarias. A los españoles les gusta muchísimo, les encanta, les fascina, hablar de cocina. Pasan horas y horas hablando de cocina, de cómo se prepara esto o aquello, de dónde es más rico el jamón, del secreto para que tal o cual plato tenga ese sabor... A mí, en cambio, el tema me aburre muchísimo. No me gusta, no me interesa, sólo pienso en comida cuando me agarra hambre, y después de comer me olvido del tema hasta que vuelve a darme hambre. Por eso, en esas reuniones me paso gran parte del tiempo callado y sin participar, porque no tengo nada que decir, ni tampoco me interesa decir nada.
Eso pasó el otro día durante un rato largo. Después el tema derivó en otros, y alguien comentó que, en una fiesta en la que había estado días atrás, habían jugado a una versión virtual, youtubesca, del "dígalo con mímica" (conocido aquí como "el juego de las películas"). Consistía en lo siguiente: alguien tomaba una computadora, ponía en YouTube un fragmento de alguna película (imagen sin sonido o audio sin imagen) y los demás debían acertar de qué película se trataba. Uno de ellos se propuso para poner películas, y así lo hizo con unas cuantas, hasta que ofreció que otra persona tomara la posta. Lo hice yo. Entonces alguien me dijo:-¿Vas a poner Regreso al futuro?
Miré sorprendidísimo. Volver al futuro es una de mis películas fetiche, soy fan de Volver al futuro, cualquier persona que me conoce un poco lo sabe, pero ellos no me conocen. ¿Cómo sabían, por qué dijeron eso?
LO PREGUNTÉ Y ALGUIEN me lo explicó. En aquella otra cena, la de dos meses antes, la conversación había versado durante largo rato sobre un viaje a Nueva York que una pareja había hecho. Y, entre otras tantas cosas, de marcas, y por algún motivo nombraron a Calvin Klein. En ese momento yo compartí uno de esos datos por lo general completamente inútiles que uno suele acumular: que en la década del 80 esa marca debía ser muy poco conocida en España, porque cuando, en Volver al futuro, Marty McFly viaja al pasado, a 1955, su madre, Lorraine, lo llama "Calvin Klein", ya que cree que él ese llama así porque eso dicen sus calzoncillos; pero en el doblaje español de la película no lo llaman con ese nombre, sino con otro, que yo no recordaba.
Yo me olvidé enseguida de lo que había dicho, pero ellos no. Ellos no guardaban ningún recuerdo de esa escena, y que les soltara esa referencia hizo que me vieran como un friki.
¿SOY UN FRIKI? NO SÉ. Pero ayer estaban poniendo Volver al futuro en Cuatro y vi por enésima vez el final. Busqué en internet y supe, otra vez, que los dobladores españoles decidieron que Lorraine llamara a Marty "Levi Strauss". Y que no hablaran de 88 millas sino de 140 kilómetros por hora. Y que Biff, en el final, cuando aparece como el tonto que le limpia el auto a George, usa un equipito de gimnasia Adidas, al contrario que el canchero de Marty, que lleva Nike (una versión ochentosa y deportiva del famoso anuncio PC vs. Mac). Y recordé que no es bueno tener mucha información sobre el futuro, pero que todos miramos al tipo o la mujer del tiempo -precisamente- para saber si conviene salir con paraguas (o con chaleco antibalas). Y que adonde vamos no necesitamos... carreteras.
domingo, 21 de febrero de 2010
El Caballero sigue andando
A Cervantes no debió hacerle mucha gracia tener que matar a Don Quijote en el final del libro. Lo hizo -dicen- previendo que a quien no le quedaba mucho de vida era a él mismo (se murió al año siguiente de publicar la segunda parte), para evitar que a algún otro Avellaneda se le diera por continuar sus andanzas.
Yo, a diferencia del genial manco, no tengo ninguna necesidad de matar a mi Caballero. Es verdad que lo tengo un poco abandonado, poco actualizado, como si le prestara poca atención. El nacimiento de unabirome, mi nuevo blog, parece relegarlo aún más. Pero no es la idea. Más de uno de mis escasos lectores me dijo: "Espero que no dejes el otro"; tranquilos, no lo dejo. Este Caballero está tan vivo como siempre.
Es cierto, como decía, que lo tengo un poquito abandonado. Pero a peores ha sobrevivido este espacio, y no es momento de aflojar. Me viene acompañando desde hace casi cinco años, a mi lado mientras cursaba la maestría de Clarín, cuando trabajé en la redacción .com del "gran diario", cuando decidí hacer las valijas y cruzar el charco y en todas mis desventuras en este lado del mundo. Mucha agua bajo el puente, e inundando el puente, y hasta el cuello. Pero apretó y no ahorcó. Y lo que no mata, engorda.
Así que aquí vamos. La idea de unabirome es ser un sitio más "profesional", por llamarlo de algún modo, con artículos a los que les dedico un tiempo y un cuidado especiales, publicados con una frecuencia determinada, y aspira a convertirse en un espacio al que, cada tanto, a la gente que gusta de la literatura, los libros y de cada tanto reflexionar un poco, se le dé por entrar, picada por la curiosidad y el interrogante: ¿qué habrá puesto este flaco hoy...?
Este Caballero, en tanto, que tantas veces se preguntó qué era, qué quería ser, seguirá siendo lo que viene siendo: una página en la que narro algunas vivencias y difundo curiosidades que veo por ahí, de modo personal, informal, seguro que sólo interesante para mis amigos y las personas que me quieren, y en el que cada tanto se me escapa -casi siempre por error- alguna perlita a la que vale la pena (para mí, al menos) volver.
Encantado de seguir con ustedes, hasta cualquier momento.
Yo, a diferencia del genial manco, no tengo ninguna necesidad de matar a mi Caballero. Es verdad que lo tengo un poco abandonado, poco actualizado, como si le prestara poca atención. El nacimiento de unabirome, mi nuevo blog, parece relegarlo aún más. Pero no es la idea. Más de uno de mis escasos lectores me dijo: "Espero que no dejes el otro"; tranquilos, no lo dejo. Este Caballero está tan vivo como siempre.
Es cierto, como decía, que lo tengo un poquito abandonado. Pero a peores ha sobrevivido este espacio, y no es momento de aflojar. Me viene acompañando desde hace casi cinco años, a mi lado mientras cursaba la maestría de Clarín, cuando trabajé en la redacción .com del "gran diario", cuando decidí hacer las valijas y cruzar el charco y en todas mis desventuras en este lado del mundo. Mucha agua bajo el puente, e inundando el puente, y hasta el cuello. Pero apretó y no ahorcó. Y lo que no mata, engorda.
Así que aquí vamos. La idea de unabirome es ser un sitio más "profesional", por llamarlo de algún modo, con artículos a los que les dedico un tiempo y un cuidado especiales, publicados con una frecuencia determinada, y aspira a convertirse en un espacio al que, cada tanto, a la gente que gusta de la literatura, los libros y de cada tanto reflexionar un poco, se le dé por entrar, picada por la curiosidad y el interrogante: ¿qué habrá puesto este flaco hoy...?
Este Caballero, en tanto, que tantas veces se preguntó qué era, qué quería ser, seguirá siendo lo que viene siendo: una página en la que narro algunas vivencias y difundo curiosidades que veo por ahí, de modo personal, informal, seguro que sólo interesante para mis amigos y las personas que me quieren, y en el que cada tanto se me escapa -casi siempre por error- alguna perlita a la que vale la pena (para mí, al menos) volver.
Encantado de seguir con ustedes, hasta cualquier momento.
jueves, 28 de enero de 2010
Adiós, maestro
Ensañada con tantas personas relevantes, la muerte les llega hasta a quienes creíamos que nunca alcanzaría. Jerome David Salinger dejó de existir ayer en su casa de Cornish, New Hampshire.Autor de cuatro libros publicados y quién sabe cuántas páginas inéditas, es uno de mis escritores fetiche. Sus Nueve cuentos es uno de los pocos libros que, sin duda, y perdonen por la falta de originalidad, me llevaría a una isla desierta.
Hace poco más de un año escribí un artículo acerca del 90º cumpleaños del escritor. Me autocito:
No cuesta nada imaginar un escenario: el día siguiente a aquel en que los medios anuncien la muerte de J. D. Salinger, sus hijos y demás herederos salen a decirle al mundo que hay cientos, miles de páginas inéditas para publicar, para beneplácito de lectores, editores y sus propias cuentas bancarias. Aunque tampoco es difícil imaginar que Salinger queme o haya quemado todos sus papeles (y a él sí que no lo vemos dejándole el encargo a un Max Brod complaciente). Y tampoco se puede descartar que en realidad no haya escrito nada más. Porque no le diera la gana, a lo Juan Rulfo.
Adiós, maestro.
jueves, 21 de enero de 2010
Teína, recuperada
Donde decía .com, poné .orgHace un año veía la luz el Nº 20 de la Revista Teína. Se publicaban allí, entre otras cosas, dos entrevistas mías: a Rodrigo Fresán y a Sergio Chejfec. Enseguida nos poníamos a trabajar en la Teína 21, planificada para abril de 2009. Yo había de entrevistar a Patricio Pron y escribir reseñas de un libro suyo y de un par de Sergio Bizzio...
Sin embargo, diversos problemas dijeron presente en la vida de los hacedores de la revista. Embarazos, desempleo, falta de dinero y otra clase de vicisitudes nos generaron primero una demora y luego, con los meses, cayéndose por su propio peso, la decisión de parar. Por ahora, dijimos. Aunque de entrada se intuía que era uno de esos por ahora que en realidad huelen a un para siempre demasiado doloroso para ser tolerado.
Y lo peor, hasta hace poco, no era eso. Lo peor era que los links se habían roto. Es decir, que Teína ya no estaba. Cuestiones cuyos pormenores desconozco y/o no interesan hicieron que la revista perdiera el host y que después apareciera uno de los infaltables cuervos -que los hay en para todos los aspectos y en cada rincón de este mundo- y comprara el dominio www.revistateina.com. Ni nos gastamos en averiguarlo más tarde, pero seguro que nos lo habría querido vender por bastante más dinero que el que él invirtió. A eso le llaman capitalismo.
De manera que había que hacer algo. Así que allí fuimos. Como dice la introducción de este post, hay que cambiar .com por .org. Sin dudas, esta terminación se adecúa mucho más que la primera a un producto hecho a pulmón, por el que nadie ganó nunca un centavo y que intentó desarrollar durante siete años y veinte números un producto de calidad. Y ahora allí estamos. En www.revistateina.org.
Como siempre, están todos invitados.
lunes, 4 de enero de 2010
2010
Cada vez que se termina un año, uno tiende a hacer balances, recuentos, a calcular saldos, a pensar si el año fue bueno o regular o malo, a preguntarse por qué hizo lo que hizo y no aquello que quería hacer... Es un poco inevitable; lo que sí es evitable es estresarse o angustiarse o deprimirse por sentir que el resultado es negativo.Lo bueno es que inmediatamente después de terminarse un año viene otro. Y viene nuevito, inmaculado, con todos los días listos para ser vividos. Como un cuaderno en blanco, que uno abre y se aplica en comenzar con letra redonda y prolija. Cuando yo voy a empezar a escribir en un espacio así, lo que suelo hacer es pasar antes la birome por un papel borrador, para que no manche, para que las virutas de tinta seca que quedan pegadas en el extremo no generen que el trazo comience más gordo de lo normal, o que me deje una cantidad excesiva de tinta que luego pedirá a gritos ser desparramada por una mano torpe.
Esa es la principal diferencia entre la literatura y la vida: que en esta última no tenemos borradores. Pero bueno, ahí está la gracia. Que la vida no es un libro de esos caros, de tapas duras, impresos por megagrupos editoriales y con sobrecubiertas en colores brillantes, sino un cuadernito de esos que se doblan a la mitad y se meten en el bolsillo interior de cualquier campera, en los que se puede tachar sin culpa, de los que se llevan y se traen, se ajan, se gastan... pero en los que siempre hay un resquicio donde agregar una anotación más. Cada tanto la letra nos sale redonda y prolija en el trasiego de la escritura. Y en esos momentos somos plenamente felices.
A vivir, amigos y amigas, que son 48 hojas rayadas...
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