Suele repetirse una frase: "Un amigo es un hermano que se elige". Creo que la frase se equivoca dos veces. Primero, porque conozco a muchas personas que no quieren a sus hermanos, que están distanciados o redondamente peleados, que no se hablan, que tienen problemas de dinero, etc., etc. Segundo, porque uno no elige -al menos no siempre- a sus amigos. Los amigos y las amigas son personas que la vida nos pone en el camino, o mejor, la vida hace que sus caminos se crucen con los de uno, y entonces tienen lugar una serie de acontecimientos (afinidades o gustos comunes, experiencias compartidas, etc.) que derivan en una amistad.
En este momento de mi vida estoy lejos de mis amigos, de mis mejores amigos. Por supuesto, siento una herida, que me falta algo. Lo compensan otras cosas, pero la herida está ahí.
Amigos, he pensado mucho en ustedes últimamente. En cómo nos conocimos, en cómo se forjó nuestra relación. Descubrí que noy soy una persona de hacer amigos rápidamente, que con mis mejores amigos y amigas la relación se fue construyendo de a poco. Como esas obras faraónicas de la antigüedad, a las que uno contempla y se pregunta: ¿cómo las habrán hecho, sin la tecnología de nuestros días? Muchos agregan: ¿será obra de extraterrestres? La respuesta no tiene nada que ver con eso. Es simple: despacito, ladrillo sobre ladrillo.
La amistad tampoco tiene nada que ver con marcianos ni con tecnología (aunque ésta ayude a construirla: el teléfono, el e-mail, el facebook, este post). Y sí con acomodar ladrillo sobre ladrillo, cada uno en su momento y en su lugar.
Feliz día, a todos, ya saben quiénes.
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martes, 20 de julio de 2010
miércoles, 6 de mayo de 2009
Dios
[Fragmento de un texto mío de ficción, inspirado -obviamente- en la más deliciosa realidad.]
Dios existe. No sé dónde vive, pero atiende en Ave María 44, en el barrio de Lavapiés. La primera vez que lo visité, nadie me advirtió de lo trascendental que resultaría para mí aquel encuentro. Hay gente incluso que no vive como una experiencia mística el paso por su pequeño local. Pobres de ellos.
Sobre la puerta el cartel anuncia: “Café Melo’s Bar”, la primera y la última palabra en letras blancas, la del medio en verde, sobre fondo negro. El lugar siempre está repleto. A reventar. Ingresar implica el reto de, primero, hacerse un hueco a fuerza de maniobras, fintas y codazos; después, resistir. La Tierra Prometida, que uno puede ver pero no alcanzar, es el salón del fondo, donde hay cuatro o cinco mesas que siempre están ocupadas y para sentarse en las cuales siempre hay gente esperando. Dicen algunos que, ciertos días de entre semana, el bar no está abarrotado e incluso no es tan complicado acceder a uno de estos espacios, pero yo dudo. No me consta, al menos. Así que prefiero no soñar con tales quimeras. Me conformo con lograr un espacio vital cerca del mostrador y defender luego cada centímetro como los rusos en Stalingrado.
Si el Dios de Israel alimentó a su pueblo durante cuarenta años con maná, el de Lavapiés otorga apenas mayor variedad: zapatillas, croquetas y vino. (Sí, hay otras cosas, hay empanadillas, pimientos, morcilla… pero eso también se consigue en otras partes; su carácter divino adquiere plenitud con aquellas delicias.) Para casi todo el mundo la estrella de la casa es la zapatilla: un sánguche enorme relleno de lacón y queso fundido. Cuando digo enorme quiero decir enorme: veinticinco centímetros de largo por diez de alto y diez de ancho, dos mil quinientos centímetros cúbicos de espacio del mundo ocupados por una única y genial pieza. Los principiantes se piden una zapatilla para dos, creyendo que se trata de un bocadillo parecido a cualquiera de los que ponen en cualquier otra parte. Enseguida aprenden que las zapatillas no son para cualquiera.
Para mí, en cambio, lo mejor de Melo’s no son las zapatillas sino las croquetas. No hay con qué darles: las croquetas de Melo’s son la mayor delicia que España puede brindar. Enormes, con un rebozado preciso y un relleno que hace equilibrio entre los estados sólido y líquido, constituyen piezas de relojería gastronómica que no se degustan ni se saborean: se gozan.
La liturgia se complementa con vino blanco Ribeiro, traído desde Galicia y servido en unos pequeños cazos.
Nadie paga en el momento en que retira la comida, pero nadie se va sin pagar. A cada rato alguien se arrima y le pregunta al camarero qué le debe. Éste disimula: “¿Qué tenías?”, pregunta, aunque en realidad lo sabe, no necesita consultar anotaciones, lo recuerda, no duda. El cliente informa: una zapatilla, una de croquetas, media de pimientos, un Ribeiro. Tantos euros, dice el camarero. El cliente paga y se va. Así de simple. No es una confianza sobrada en la buena fe de los consumidores, sino la certeza de que no atinarán a cometer el pecado de irse sin haber abonado el correspondiente tributo.
Dios es empleado en el mostrador, da para recibir. Él: Ramón, alto, cabello ralo y entrecano, memoria elefantiásica: recuerda todos los pedidos y los satisface en indudable orden cronológico, aunque solicitud y entrega estén separados por largos minutos (lo que no es habitual, pero a veces ocurre). Ella: Encarni, y su trabajo abnegado y silencioso es digno de un Premio Nobel. No sé en qué categoría. En todo caso, habría que inventar el Premio Nobel al Trabajo Abnegado y Silencioso sólo para dárselo a ella. Hay quien afirma que su mejor secreto es cómo hace para cerrar esas empanadillas tan cargadas de carne, única actividad para la que se gira y da la espalda a la concurrencia; todo lo demás —amasar las croquetas, fundir el queso, calentar el lacón, freír los pimientos— lo hace de cara a la maravillada clientela.
Se estarán preguntando cuál de los dos es la divinidad, si Ramón o Encarni. Yo primero lo señalé a él, que es la cara visible del lugar, el que interactúa con su pueblo, el que recibe las peticiones y las complace; siempre hablábamos de “el Gallego de Lavapiés”. Tiempo después Helga me hizo ver que, en todo caso, la Diosa sería ella, de cuyas manos surgen aquellos prodigios; tal vez por eso no le conocemos la voz: no puede rebajarse a entablar conversación con nosotros, simples mortales, y necesita la mediación de un pitoniso. De entre todas las posibilidades, a mí me gusta pensar que se trata de un Dios bifronte, un solo ser que está al otro lado del mostrador y se compone de dos cuerpos, cada cual adaptado a necesidades diferentes. Dos y uno, como una pareja de fósforos que encienden una sola y misma llama.
Dios existe. No sé dónde vive, pero atiende en Ave María 44, en el barrio de Lavapiés. La primera vez que lo visité, nadie me advirtió de lo trascendental que resultaría para mí aquel encuentro. Hay gente incluso que no vive como una experiencia mística el paso por su pequeño local. Pobres de ellos.
Sobre la puerta el cartel anuncia: “Café Melo’s Bar”, la primera y la última palabra en letras blancas, la del medio en verde, sobre fondo negro. El lugar siempre está repleto. A reventar. Ingresar implica el reto de, primero, hacerse un hueco a fuerza de maniobras, fintas y codazos; después, resistir. La Tierra Prometida, que uno puede ver pero no alcanzar, es el salón del fondo, donde hay cuatro o cinco mesas que siempre están ocupadas y para sentarse en las cuales siempre hay gente esperando. Dicen algunos que, ciertos días de entre semana, el bar no está abarrotado e incluso no es tan complicado acceder a uno de estos espacios, pero yo dudo. No me consta, al menos. Así que prefiero no soñar con tales quimeras. Me conformo con lograr un espacio vital cerca del mostrador y defender luego cada centímetro como los rusos en Stalingrado.
Si el Dios de Israel alimentó a su pueblo durante cuarenta años con maná, el de Lavapiés otorga apenas mayor variedad: zapatillas, croquetas y vino. (Sí, hay otras cosas, hay empanadillas, pimientos, morcilla… pero eso también se consigue en otras partes; su carácter divino adquiere plenitud con aquellas delicias.) Para casi todo el mundo la estrella de la casa es la zapatilla: un sánguche enorme relleno de lacón y queso fundido. Cuando digo enorme quiero decir enorme: veinticinco centímetros de largo por diez de alto y diez de ancho, dos mil quinientos centímetros cúbicos de espacio del mundo ocupados por una única y genial pieza. Los principiantes se piden una zapatilla para dos, creyendo que se trata de un bocadillo parecido a cualquiera de los que ponen en cualquier otra parte. Enseguida aprenden que las zapatillas no son para cualquiera.
Para mí, en cambio, lo mejor de Melo’s no son las zapatillas sino las croquetas. No hay con qué darles: las croquetas de Melo’s son la mayor delicia que España puede brindar. Enormes, con un rebozado preciso y un relleno que hace equilibrio entre los estados sólido y líquido, constituyen piezas de relojería gastronómica que no se degustan ni se saborean: se gozan.
La liturgia se complementa con vino blanco Ribeiro, traído desde Galicia y servido en unos pequeños cazos.
Nadie paga en el momento en que retira la comida, pero nadie se va sin pagar. A cada rato alguien se arrima y le pregunta al camarero qué le debe. Éste disimula: “¿Qué tenías?”, pregunta, aunque en realidad lo sabe, no necesita consultar anotaciones, lo recuerda, no duda. El cliente informa: una zapatilla, una de croquetas, media de pimientos, un Ribeiro. Tantos euros, dice el camarero. El cliente paga y se va. Así de simple. No es una confianza sobrada en la buena fe de los consumidores, sino la certeza de que no atinarán a cometer el pecado de irse sin haber abonado el correspondiente tributo.
Dios es empleado en el mostrador, da para recibir. Él: Ramón, alto, cabello ralo y entrecano, memoria elefantiásica: recuerda todos los pedidos y los satisface en indudable orden cronológico, aunque solicitud y entrega estén separados por largos minutos (lo que no es habitual, pero a veces ocurre). Ella: Encarni, y su trabajo abnegado y silencioso es digno de un Premio Nobel. No sé en qué categoría. En todo caso, habría que inventar el Premio Nobel al Trabajo Abnegado y Silencioso sólo para dárselo a ella. Hay quien afirma que su mejor secreto es cómo hace para cerrar esas empanadillas tan cargadas de carne, única actividad para la que se gira y da la espalda a la concurrencia; todo lo demás —amasar las croquetas, fundir el queso, calentar el lacón, freír los pimientos— lo hace de cara a la maravillada clientela.
Se estarán preguntando cuál de los dos es la divinidad, si Ramón o Encarni. Yo primero lo señalé a él, que es la cara visible del lugar, el que interactúa con su pueblo, el que recibe las peticiones y las complace; siempre hablábamos de “el Gallego de Lavapiés”. Tiempo después Helga me hizo ver que, en todo caso, la Diosa sería ella, de cuyas manos surgen aquellos prodigios; tal vez por eso no le conocemos la voz: no puede rebajarse a entablar conversación con nosotros, simples mortales, y necesita la mediación de un pitoniso. De entre todas las posibilidades, a mí me gusta pensar que se trata de un Dios bifronte, un solo ser que está al otro lado del mostrador y se compone de dos cuerpos, cada cual adaptado a necesidades diferentes. Dos y uno, como una pareja de fósforos que encienden una sola y misma llama.
sábado, 25 de octubre de 2008
Luisa Valenzuela y Vázquez Montalbán
Desde hace unos días está publicado el nuevo número, el 19, de la Revista Teína. Entre el amplio material que incluye -el dossier está dedicado a "La erótica del poder"- hay dos artículos míos: una entrevista a la reconocida escritora argentina Luisa Valenzuela, que este año publicó dos libros de cuentos en España (Tres por cinco y la antología Generosos inconvenientes), y una reseña de Memoria y deseo, la poesía completa de Manuel Vázquez Montalbán.Los invito a que las lean y comenten, al igual que el resto de los contenidos de la publicación, por supuesto.
Links:
-Portada de la Revista Teína
-«El mundo no da mucho lugar para el optimismo, pero la literatura salva» (entrevista a Luisa Valenzuela)
-Memoria y deseo, las obsesiones de don Manolo (reseña de la Poesía Completa de Vázquez Montalbán)
Otras entrevistas mías en Teína:
Ricardo Piglia - Roberto Fontanarrosa - Alberto Laiseca - Sergio Bizzio - Gabriel Báñez - Daniel Divinsky - Fernando Iwasaki
jueves, 28 de agosto de 2008
Un año en Europa
Ayer se cumplió un año de mi partida de la Argentina y hoy se cumple un año de mi llegada al Viejo Continente. Fue en la mañana de un caluroso martes cuando el avión de Iberia que me trajo aterrizó en Barajas. Me tomé el metro sin salir del aeropuerto y finalmente salí a la superficie, a la ciudad, en la estación San Bernardo. Fue una emoción indecible. Mi primera imagen de Madrid fue algo parecido a lo que se ve en la foto de acá al lado.Ese mismo día seguí viaje hacia Copenhague, donde estuve diez días. Y luego estuve en Argentina casi cinco meses, entre diciembre y mayo. Así que el "tiempo neto" en Europa es menos de un año, son unos siete meses. Pero, para recordar aquella llegada, hoy quería dedicarme este post a mí mismo.
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