Y también hay una reseña escrita por mí de su libro Inquisiciones peruanas, una recolección de historias reales de la Lima colonial recuperadas de los archivos de Indias de Sevilla y contadas de un modo ágil y divertido.
viernes, 22 de febrero de 2008
Fernando Iwasaki, entrevistado y reseñado
Y también hay una reseña escrita por mí de su libro Inquisiciones peruanas, una recolección de historias reales de la Lima colonial recuperadas de los archivos de Indias de Sevilla y contadas de un modo ágil y divertido.
jueves, 21 de febrero de 2008
Atardece en la ruta
miércoles, 20 de febrero de 2008
Liberación
Nos encontramos con Octavio en la pizzería Los Angelitos, de Florencio Varela. Yo llegué tarde y él, mientras me esperaba, se había dedicado a hojear el menú del local, que intercala avisos publicitarios entre la oferta de comidas y bebidas. En total hay en el menú 28 avisos. De esos 28 avisos, 16 (es decir, más de la mitad) se refieren a negocios ubicados sobre alguna de las dos largas e importantes calles llamadas Perón: una, la ex avenida Sarmiento, ahora avenida Eva Perón, que se extiende por una decena de kilómetros hasta terminar de adquirir su carácter de ruta provincial 53; la otra, las ex calles Juan Vásquez y López Escribano, que también suman sus buenos kilómetros y que unen la estación Varela con el Ombú, en la ruta provincial 36. Esta última ruta separa Florencio Varela de Berazategui. Si uno se interna en el distrito vecino y sigue por la misma calle, se encontrará transitando por la ex avenida Sevilla, actual avenida... Eva Perón.
El pasaje del cuento que Octavio recordó es el siguiente:
Cómo la cagaron con los nombres [de las calles], pensé, acá haría falta una Revolución Libertadora de los Nombres que les devuelva los nombres que les corresponden, qué tanto Perón y Eva por todas partes...
lunes, 18 de febrero de 2008
Dónde se consigue el libro
En
Prometeo Libros | 48 e 6 y 7
Scotti | 6 entre 47 y 48
Haber | 50 entre 3 y 4
De
Capítulo II | 6 entre 47 y 48
Rayuela Plaza | Italia esquina 44
Avatar | 48 entre 6 y 7
Científica | 6 entre 56 y 57
Internacional | 60 entre 1 y 115
América
En Buenos Aires:
Antígona Corrientes | Edic. del Sol Av. Corrientes 1555
Paidós del Fondo | Av Sta Fe 1685
Prometeo Dafne SRL | Av. Corrientes 1916
De
Hernández | Av. Corrientes 1436 / 1311
Edipo Libros SRL | Av. Corrientes 1674
Lorraine | Av. Corrientes 1513
Asociación Rebeldía y Esperanza | Hipólito Irigoyen1427 1 D
Antígona | Callao 737
Eudeba | Av. Rivadavia 1573
Mundo Nuevo de Mutani Carlos | Florida 971 Loc.
lunes, 11 de febrero de 2008
Támesis y Otros Cuentos, mi libro
Para evitar el trance de tener que hablar bien de mí mismo o ser modesto a la fuerza, simplemente copiaré el texto de la contratapa:"Era mucha plata. Mucho más que ahora, porque era el año 98, estaba el uno a uno todavía, cuando los muchachos recibieron la oferta." Así comienza Támesis y Otros Cuentos, una novela sobre cuatro amigos, un día de la primavera, una extraña propuesta y una mujer. Todo esto ambientado en un Parque Pereyra levemente misterioso, donde la vegetación parece cobrar vida y volverse un personaje más de la trama.
Con un lenguaje directo, Cristian Vazquez construye un relato atrapante donde cada frase genera la inquietante expectativa que sólo el buen suspenso puede lograr.
Ojalá puedan leerla y, si les da ganas, decirme qué les parece.
jueves, 7 de febrero de 2008
Y Olmedo se ríe de todo
miércoles, 6 de febrero de 2008
Consulta comercial
Yo estaba mirando tapas de diarios y revistas en un kiosquito en el hall de la estación Constitución. El tipo estaba parado al lado mío.
-No, esa no -le respondió el vendedor.
-Ah... ¿y revistas con chicas jovencitas? Porque estas son todas viejas...
-¿Qué buscás, chicas de diez, doce años?
No había ironía en sus palabras: era sólo parte del intercambio de información necesario para una venta.
-No... De dieciocho...
-Ah... A ver esta. Mirá.
Yo también miré de reojo, pero no veía, y me cansé de disimular que miraba tapas de revistas sólo para seguir escuchando, así que me fui.
domingo, 3 de febrero de 2008
Seguridad en los trenes
Domingo. Decido ir a visitar a amigos que viven en Bosques. Como el viaje es muy incómodo para hacerlo por medios públicos de transporte (si voy en tren tengo 20 minutos de caminata hasta la estación, una espera que puede ser de hasta 40 minutos, 10 minutos de viaje en tren y luego otros 20 minutos de caminata; en colectivo, más o menos lo mismo, aunque con algo menos de espera y algo más de viaje), decidí ir en bicicleta. Cuando iba llegando se me pinchó la rueda trasera, por lo cual llegué caminando con la bici al lado. El problema era, entonces, la vuelta.
Lo más práctico era hacer el regreso con la bici a mi lado y la ayuda del tren. Entonces caminé 20 minutos por unas calles increíblemente polvorientas y luego me dispuse a esperar en la estación a que llegara el tren que me arrimara hasta Varela. Eran las siete y media de la tarde, y el sol todavía no se había puesto por detrás de las casas y los árboles.
Bosques es una zona muy pobre. La miseria se nota a simple vista, y en muchos casos es extrema. Que la delincuencia surja de entre tanta marginalidad es lo más normal del mundo. A pesar de eso, yo, acostumbrado a pasear por estos barrios en los que vivo desde siempre, decido sacar la camarita y hacer unas fotos para pasar el rato. Saco cuatro fotos: una secuencia de la llegada de una formación. Después me quedo ahí parado, con la espalda apoyada en una pared.
Minutos después se me arriman dos tipos vestidos con uniformes de seguridad.
-¿Para qué son las fotos que sacaste? -me dice uno.
Antes de salir de mi sorpresa por la pregunta, balbuceo que para nada, para mí.
-Está prohibido sacar fotos en la estación -me dice, debo reconocerlo, no sin cierta cordialidad.
-Ah, no sabía. ¿Y por qué?
-Y... porque están las boletarías... y hay plata...
-Bueno -le digo, y me quedo pensando en que, teniendo en cuenta que nadie saca boletos los domingos a la tarde, si saqueáramos las boleterías de Bosques creo que no nos alcanzaría ni para un pancho y una coca.
Pequeñas malas experiencias me enseñaron que en situaciones de este tipo a veces conviene pasar por boludo y aceptar ciertos atropellos. Un par de minutos después se me acerca otro tipo, sin uniforme pero con un walkie talkie (o handy o como demonios se llame) en la mano, seguido de los dos uniformados de antes.
-Escuchame, flaquito, acá no se pueden sacar fotos -me dice.
-Sí, ya me dijeron -digo, otra vez, claro, sorprendido.
-Sí, sí, está prohibido, no se pueden sacar fotos ni para particulares ni para ninguna empresa.
-Está bien.
Y se fueron otra vez.
2
Llega el tren. Subo mi bicicleta al furgón, ubicado en el último vagón. Me quedo allí, cerca de la puerta que comunica ese recinto con la parte común del vagón, donde están los azules asientos de chapa. El olor a porro es fuertísimo. Lo van fumando allí mismo: un morocho gordo con los ojos perdidos y una botella de cerveza Quilmes, una chica sentada en el piso y varios otros. El porro, precisamente, es tema de conversación.
De pronto, no alcanzo a descubrir por qué, el gordo amenaza con tirar la bicicleta de alguien por la puerta. La agarra, la saca por la puerta y la mantiene en vilo, mientras profiere amenazas. No me termina de quedar claro si lo hace en serio o es un chiste.
El tren llega a la estación Zeballos y un mal presentimiento me hace salir con la bici hacia el pasillo, entre los asientos azules, para, en la estación siguiente, Varela, no salir por la puerta del furgón sino por la primera de pasajeros. Cuando el tren va a mitad de camino entre Zeballos y Varela, se escuchan los ruidos de pelea. El gordo contra otro. ¿El dueño de la bici que casi es lanzada por la puerta? No lo sé. El gordo se saca la remera y se envuelve con ella la mano derecha, como un gaucho con su poncho en un duelo criollo. Gritos. Los que no queremos tener nada que ver con la pelea salimos hacia el otro lado. El vagón va lleno de niños. Mi bicicleta estorba. Una mujer me insulta por haber puesto mi vehículo allí. Un niño queda encerrado entre la bici y un asiento; enseguida lo dejo salir. No dejan de escucharse los gritos. Lo normal sería que en el furgón, además de personas y bicicletas y cerveza y porros, haya, al menos, un arma blanca.
El tren llega a la estación Varela. Bajo, sano y salvo. Camino por el andén hacia la salida, alejándome de la zona de conflicto. El guarda, en uno de los vagones de adelante, le muestra al maquinista la bandera roja que le indica que no reanude la marcha. Luego espía hacia atrás, hacia donde está el furgón.
-En el fondo hay quilombo -le digo.
-Sí, sí -me dice-, ya les avisaron a los policías.
Salgo de la estación. Un hombre que camina a mi lado y yo vemos que un policía se acerca. Tiene algo en la mano; no distingo si es una macana o un revólver.
-Ahora se los van a llegar a la comisaría y los van a cagar a palos -me dice el tipo que camina junto a mí-. A estos que hacen quilombo en el tren ya los tienen fichado, los meten adentro y sabés cómo les dan goma...
3
Estas son las amenazantes fotos que tanta preocupación y desconfianza generaron en las autoridades, encargadas de hacer respetar la ley y el orden y de garantizar la seguridad de los usuarios del servicio público de transporte.



